Conocido como el “Ángel de Budapest”, gracias a este maño, unos 5.000 judíos húngaros evitaron lo que habría sido una comprometida visita a Auschwitz. Cuidado, que no hay que restar importancia a la encomiable labor de Oskar Schindler, que salvó a más de 1.000 judíos, pero que, aunque la peli del español sea menos taquillera, el amigo Ángel Sanz quintuplicó en números lo narrado en la película de Steven Spielberg.
Un tal Adolf Eichmann se mudó a la capital húngara en 1944 con el objetivo de aniquilar a, más o menos, un millón de judíos en lo que eran ya los últimos coletazos de la guerra. Sanz Briz servía en la embajada española de aquel país, y junto a un grupo de diplomáticos, decidió arrimar el hombro para salvar a cuantos más judíos mejor.
En solo unas semanas las SS habían deportado a 400.000 judíos. Sanz Briz informó al régimen franquista de la incómoda verdad, puesto que Franco, inicialmente, había respaldado a Hitler. Sin respuesta oficial desde Madrid, Sanz Briz comenzó a emitir documentos consulares falsos para dar nacionalidad española gracias a una ley obsoleta de 1924, cuyo objetivo eran los judíos sefardíes. La cosa tenía bemoles porque los judíos húngaros eran, en su gran mayoría, asquenazis, es decir, que provenían de la zona del centro de Europa, sobre todo de Alemania, y desde luego, de sefardíes tenían lo que yo de ET vestido de lagarterana.
El zaragozano se jugó, literalmente, la vida, primero ante las patrullas nazis y húngaras de la “Cruz Flecha” y después ante los bombardeos de los aliados que, cada vez eran más numerosos. Primero protegió a 200 sefardíes, luego convirtió ese número en 200 familias y luego multiplicó exponencialmente el número de familias. Su técnica era no dar nunca más de 200 salvoconductos. ¡Con un par! Fue una labor de “hormiguita”.
Mientras los nazis mataban y luego preguntaban, Sanz Briz alquiló 11 pisos para albergar a sus 5.000 refugiados que fueron pasando por dichas viviendas bajo protección de España. En un solo piso podían coincidir hasta 50 refugiados que convivían muertos de miedo en condiciones poco salubres.
Viendo que Hitler estaba más cerca de perder la guerra y que, las atrocidades acongojaban al mundo entero, Franco se volvió más blando con los judíos, de modo que el ministro José Félix de Lequerica envió una carta en octubre de 1944 a Sanz Briz en la que le decía “…por favor extienda la protección a la mayor cantidad de judíos perseguidos.” A medida que los soviéticos se acercaban, el español fue devuelto a Madrid a finales de 1944 por miedo las represalias que pudieran producirse debido al posicionamiento de Franco con la Alemania nazi.
Como postre, estaba la posición antisemita de Franco, lo cual no le permitió recibir a Ángel Sanz Briz en vida el “Honor de los Justos entre las Naciones” otorgado por el Vad Vashem, el centro conmemorativo del Holocausto de Israel. ¡Manda h…! Realmente, este honor le llegó, pero sin pompa, puesto que hablamos del año 1966 cuando su nombre fue adherido al resto de “justos”.

Ángel Sanz Briz falleció en Roma en 1980, lejos de los focos y con una sociedad española que, multitudinariamente, desconocía su hazaña. De hecho, su familia asegura que jamás habló de estos episodios con ellos, aunque aseguran que, verdaderamente, lo pasó muy mal y que en aquellos años sufrió demasiado.
Por fin, en 1989 y con el ministro de exteriores socialista, Francisco Fernández Ordóñez, recibió un homenaje en la embajada de Israel en España. Recibió la Medalla de los Justos que se le había concedido en 1966, pero que jamás recibió en vida. Su nombre figura desde entonces en el Memorial del Holocausto. En su honor hay una calle en Madrid y otra en Budapest desde 2015, y en Cádiz, donde muchos judíos embarcaron hacia el exilio, hay un monumento desde 2013. ¡Grande Ángel Sanz Briz!

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Hola buenos dias! he caído de rebote en tu blog — desde LilnkedIn. Me alegra sobremanera aclarar la duda que me quedó hace muchos anyos, cuando trabajé en Budapest, ya que pasé por la calle con el nombre de este héroe…y me pregunté.. quién será este senyor…? Pues muchísimas gracias por la clarificación, por la lección de historia, y por el estilo de escritura coloquial, ameno, pero muy informativo.
Un cordial saludo desde la aburrida Suiza