No eran romanos, aunque hablaban latín. No eran griegos, aunque les encantaba discutir en círculos. No eran bárbaros, pero tampoco se duchaban todos los días. Eran bizantinos. Y durante casi ochenta años, un cachito del sureste de Hispania fue suyo. Sí, como lo oyes: Cartagena, Málaga, Almería… ¡orientales por obra y gracia de un emperador con delirios imperiales y un noble visigodo con ganas de lío!
Estamos en el año 554. El Imperio romano de Occidente ya era historia —una historia que había acabado bastante mal, todo sea dicho—. Pero en Oriente, los romanos seguían llamándose a sí mismos “romanos”, aunque ya hablaban más griego que «romano». Su emperador, Justiniano I, se levantaba cada mañana dispuesto a reconquistar lo que fuera: África, Italia… y un día miró hacia Hispania con ese brillo en los ojos de quien acaba de ver una oferta 2×1 en territorio decadente.
¿Y qué pintaba Hispania en el menú bizantino? Muy fácil: el caos habitual. Un noble visigodo llamado Atanagildo (sí, nombre de guerrero o de café fuerte) se había peleado con el rey Agila I por el trono. En vez de solucionarlo como buenos godos —a pedradas y estocadas—, Atanagildo escribió una cartita a Justiniano pidiendo ayuda. Y Justiniano, que era muy de decir “¡marchando una reconquista!”, mandó tropas a la Bética.
Eso sí, lo de «ayuda» venía con letra pequeña. En cuanto los soldados imperiales pusieron pie en Cartago Spartaria (la actual Cartagena, con nombre de cadena de gimnasios), empezaron a expandirse por la costa como una moda que llega tarde. Tomaron Málaga, Almería, Lorca, e incluso Córdoba por un rato, antes de que alguien les recordara que el Guadalquivir no es el Egeo.
Así nació la Provincia de Spania, la delegación más lejana del Imperio bizantino. Los visigodos, mientras tanto, miraban desde Toledo con cara de “estos qué hacen aquí”. Durante años, hubo pactos incómodos, escaramuzas teatrales y traiciones que harían palidecer a Juego de Tronos. Bizancio controlaba la costa; los godos, el interior. Vamos, como cuando en vacaciones tú vas a la playa y tus suegros se quedan en el pueblo.
Los bizantinos mandaban duques (duces Spaniae, en versión latina), construían iglesias con iconos bizcos y trataban de imponer un estilo de vida muy Constantinopla: incienso, liturgia y mucha burocracia. Pero Bizancio estaba muy lejos, y mantener un imperio por Zoom no era fácil.
Poco a poco, la cosa se fue desinflando. Leovigildo, el visigodo con más mala leche desde Eurico, empezó a recuperar terreno. Su hijo Recaredo, ya cristiano de los buenos (católico, no arriano), acabó la faena. Cartagena ardió en el 625, y con ella se evaporó el sueño oriental en Hispania.
¿Y qué nos dejaron? Pues restos arqueológicos, nombres raros, alguna que otra iglesia con aire bizantino y la sensación de que Hispania, incluso en plena Edad Media, seguía siendo parte del culebrón mediterráneo. Fueron menos de ochenta años, pero suficientes para demostrar que aquí, entre romanos, godos, bizantinos y lo que viniera después, nadie se aburría.
Porque la historia de Hispania no la escriben solo los locales. A veces llega por mar, pide alojamiento, se queda casi un siglo… y luego se va sin pagar la cuenta. Pero deja recuerdos. Y algún mosaico.
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Como siempre, conociendo relatos de nuestra historia gracias a ti y lo bien que los escribes.