OCHO APELLIDOS DEL TERRENO

Lominchar, Plaza, Almagro, Martínez-Raposo, Valerio, Arellano, Fernández-Clemente y Martínez de la Cabeza. Estos son los apellidos, los míos, en los que pensé cuando fui a ver un film con mejor marketing que guion y que la mayoría de la audiencia ya ha visto bien en cine, bien en televisión o ambas cosas.

Siempre tuve como asignatura pendiente el hacer mi árbol genealógico y, como es de bien nacidos ser agradecidos, no habría llegado tan lejos sin la ayuda de dos personas clave en este asunto. En primer lugar, Jesús Serrano, el párroco, que siempre se mostró solícito conmigo y, en segundo lugar y no por ello menos importante, Tomás Catalán, un tipo que sabe infinidad de grandes pequeñas historias que definen y contextualizan un pueblo como Corral de Almaguer. ¡Gracias a ambos! Cierto es, también, que me han ayudado en muchos más sitios y es que, frikis como yo, abundan más de lo que parece.

Cuando comencé mi investigación, no pensé que el tema se me fuese a ir tanto de las manos. No digo cuantos apellidos tengo porque no los he contado, pero en mi PowerPoint ya hay unas 70 páginas llenas de nombres de descendientes directos. Así pues, estaremos de acuerdo en que el asunto se me ha ido un poco de madre, y más si añado que con primos y hermanos de descendientes directos tengo un Excel que cuenta los registros por centenares (más de un par de millares). Yo, que no conozco a casi nadie por el nombre cuando paseo por el pueblo, puedo afirmar que conozco a más muertos que vivos y eso me sitúa, inexcusablemente, en un extremo de la campana de Gauss. Ojo, no me justifico porque el tema me divierte.

Vamos al lío. Desde un inicio consideré que el realizar tu árbol familiar sería un entretenimiento temporal y curioso, pero lo que nunca imaginé es lo que uno puede llegar a aprender investigando a su propia familia. Empiezo por el final y os adelanto una afirmación que considero un hecho definitivo y definitorio: si eres de Corral y estás leyendo estas líneas, que sepas que somos familia. Así, sin anestesia. Es más, si eres de Lillo, Cabezamesada, Quintanar o de cualquier pueblo que se encuentre a unos 30 km a la redonda, pues eso, que también somos familia. ¿Esto te cambia la perspectiva de la gente? Yo creo que sí. Si para uno, la gente de su pueblo es ya especial por motivos obvios, con esta premisa, más aún si cabe.

Otra de las sorpresas que me llevé es que no todos los libros se encuentran en el Archivo Parroquial. Descubrí que la mitad de los libros fueron robados durante la Guerra Civil. Parece ser que alguien de la parroquia, seguramente el sacristán o el párroco de turno, trató de esconder los libros antes de la llegada de los republicanos y éstos requisaron aquellos que no dio tiempo a esconder. Esos libros están ahora en el Archivo Histórico Nacional y podría decirse que en cantidad suponen el 50%, siendo principalmente los más antiguos. Cuando llegué con todas las referencias a don Jesús, me llevé la sorpresa de que él ya lo sabía. Alguien ya se lo había soplado y en la iglesia tienen todas y cada una de las signaturas que se encuentran en Madrid.

Cuando empiezas a realizar tu árbol, los expertos recomiendan centrarse en un solo apellido, en una sola rama. Yo, como profano y advenedizo en la materia, comencé mirando simultáneamente a todos y cada uno de mis apellidos, desde la actualidad hacia atrás en el tiempo y tomando como punto de partida los nacimientos de mis cuatro abuelos, y oye, ni tan mal. Sí que es cierto que se te van abriendo muchos frentes, pero con orden y paciencia, todos avanzan sin prisa y sin pausa.

Más de uno se estará preguntando, ¿qué hay de mi apellido? Pues bien, la intención de este texto no es realizar un estudio pormenorizado de todos los apellidos del pueblo, pero puedo avanzar cosas que me han llamado la atención.

Empiezo por mi primer apellido. ¿Hay algún Lominchar que se haya tomado la molestia de buscar a gente con este apellido en el municipio toledano que se llama por este mismo nombre? No os canséis. No hay nadie que se apellide Lominchar en Lominchar. ¡Toma ya! En el libro 2 de bautismos de Corral aparecen los primeros Lominchar. Eran tres hermanos (desconozco si tenían más). Se llamaban Alonso, Juan y Pedro, nacieron en la década de 1570 y eran hijos de Francisco Martínez y de María López, mis undecabuelos, ambos procedentes de Lominchar. Seguramente que, para distinguirlos de los “Martínez” de Corral, los apellidaron “Martínez de Lominchar”. Más o menos, en el s. XVIII pasaron a ser “Martínez-Lominchar” y fue a principios del XIX cuando perdieron la parte más común y se quedaron con la parte más sexy del apellido, “Lominchar” a secas. No veáis lo que me costó encontrar la partida de bautismo de mi pentabuelo Sebastián. Claro, yo iba deprisa hojeando las páginas y buscando “Lominchar” y no me di cuenta de que en el margen del libro aparecía un apellido compuesto mucho más largo y que yo descartaba por eso, por largo… “Martínez-Lominchar”. Parece fácil, pero hay que ver como son las “letrujas” de hace más de doscientos años. Por cierto, la palabra “Lominchar” es de origen árabe y significa “carpintero”, pero cuidado, me refiero al término en sí, no a la familia, porque estamos hablando de una saga de pastores castellanos de libro.

Mi segundo apellido, “Plaza”, fue más de lo mismo. A partir de mi trastarabuelo se repetía el mismo nombre compuesto que terminaba en “Martín”, y no, no era nombre sino apellido. A principios del XIX todos los “Plaza” se convierten en “Martín de la Plaza”, siendo a partir de mis octabuelos Juan y su mujer Claudia cuando se puede establecer en la localidad de Lillo la procedencia del mismo. ¡La cantidad de documentos de “Martín de la Plaza” que me encontré en los s. XVII y XVIII en el Archivo Parroquial de Lillo! Siempre tendré la duda de si esta rama tiene algo que ver con Luis Martín de la Plaza, clérigo y poeta de Antequera y antecesor de unos tales Góngora y Quevedo. Por esta rama de los Plaza, típica familia de labradores y comerciantes, me gustaría hablar de unos zapateros procedentes de Uclés, concretamente de mi pentabuela Teresa García. Debía ser una joven de 20 años cuando una fría mañana de hielo y nieve del 13 de enero de 1809, las tropas de Napoleón vencieron a las del duque del Infantado en Uclés. Pese a que he buscado sin éxito, siempre tendré la incógnita de si estuvo entre las 300 jóvenes violadas por los franceses en su entrada triunfal y vengativa en Uclés tras una encarnizada lucha en la que dejaron muchos cadáveres sobre la nieve. Orgullosos deben estar de ese episodio porque de aquella atrocidad siguen presumiendo en el Arco del Triunfo parisino.

Mi cuarto apellido es noble, “Martínez-Raposo”. Mis tatarabuelos Ángel Martínez-Raposo e Isabel Real Arévalo eran los padres de un tal Silverio, un tipo que terminó siendo general de brigada y que antes de ser una calle fue un señor. Por cierto, cosillas de este señor para despertar un pelín el interés: El tipo hablaba con un tal Alfonso XIII, estuvo destinado en Puerto Rico y también en la Junta de defensa de Barcelona en la época de las revueltas, presidió la Comisión Informativa, fue amigo de Benito Márquez (el nº 1 de la promoción de un tal Francisco Franco) y al igual que Benito, nuestro Silverio falleció en circunstancias extrañas en el hotel Excelsior de San Sebastián. ¿Qué habría sido de España si este señor hubiera vivido un poquito más? Adjunto fotografías de un general al que la familia llamaba «el Paredes» porque estaba colgado en todas las paredes de la familia. Pronto será su centenario.

Silverio Martínez-Raposo Real. A la izquierda de joven cuando era oficial y a la derecha en su etapa de General de Brigada. En Corral, en la familia, era conocido como el «Paredes», ya que su retrato colgaba de las paredes de toda la familia.

De estos Martínez-Raposo tenemos a mi dodecabuelo Gabriel que, en 1565, estuvo en una expedición de combate en Nuevo México. No se quedó allí y se casó en la Roda con Catalina en 1569. Mucho cuidado con decir eso de “si se quejan los americanos nativos del pasado español, que se quejen de su propia familia y que miren sus apellidos, porque mis antepasados se quedaron aquí, en España” Pues eso, que este señor fue y vino, como muchos otros. Su padre, Bautista, estuvo como caballero y ejerció de mando en la batalla de Lepanto en 1571 a las órdenes del macizorro de don Juan de Austria. Y el abuelo de este último, Esteban, apodado” Ciraposo”, procedía de un linaje de caballeros y estuvo a las órdenes del Gran Capitán en la época de los Reyes Católicos. En varios pergaminos del priorato de Uclés y pontificados de los papas Sixto IV (el de la Capilla Sixtina), Inocente VIII y Alejandro VI (nuestro papa Borgia, el valenciano que tuvo una amante llamada Giulia Farnese, la llamada “ramera del papa” y familiar de ancestros directos de unos tales Felipe VI y Leonor) aparecen caballeros de esta familia que recibieron puestos de alta graduación en el reino de Sicilia, no en vano, en el escudo de los Reyes Católicos aparecen cinco cuarteles dentro del águila de San Juan Evangelista (hoy conocido como el “aguilucho” o la “gallina”) que son Granada, Castilla, León, Aragón y Sicilia. Hasta 1512 no entraría Navarra.

Otro apellido importante en mi caso y que no aparece en mis primeros ocho apellidos es “Mancheño”. Importante es la saga de primogénitos llamados “Agustín” que comienzan a aparecer a partir del libro nº 2 de bautismos. Hablamos del año 1578. Posiblemente estamos ante un típico apellido manchego. Se trata de una palabra árabe que significa “llanura alta”. Por cierto, hay muchos “Mancheño” en expediciones a América en el s. XVII.

Otro apellido que da mucho que hablar es el ya desaparecido “Martínez de la Cabeza”. Así se apellidaba mi bisabuela Manuela, que tocaba el piano y hablaba francés. ¡Una crack! Este apellido enlaza a partir de 1725 con mi heptabuela doña Vicenta del Rincón y Salazar Carrascosa y Rada. Ojo con esta rama porque en los documentos siempre aparecen como don y doña, y eso es otra liga. No se lo reconocían a cualquiera. Aparecen apellidos como Díaz-Garzón, Martínez de Bujanda, González-Girón, y Díaz-Ortiz, todos compuestos. Aquí cogí el hilo para confirmar una leyenda de mi familia que no es leyenda, es realidad. Soy descendiente directo de los fundadores del Convento de San José. En una tienda de incunables del centro de Madrid me he hice con documentos originales del s. XVII del capitán Josef del Rincón Cano, patrón del convento y descendiente directo de Francisco del Rincón y María Gualda, los fundadores del edificio en 1574. En esta familia destaca un tipo que no está en el radar del imaginario colectivo corraleño y es que, aunque su familia era de Corral y vivían en la C/ Chacón, tenían también casas en Quintanar de la Orden y Villacañas. Se trataba de una familia de militares. El tipo, de hecho, nació en Villacañas. Me refiero a mi trastarabuelo Manuel Martínez de la Cabeza y Gasco. Llegó a teniente coronel y cuidado, que se ganó a pulso, en la primera guerra Carlista, la Cruz Laureada de San Fernando de Primera Clase. Es la mayor condecoración que te pueden otorgar en el ejército y debe tener su razón de ser en una acción de guerra. Protegió a todo un convoy quedándose él solito en la retaguardia cuando ostentaba el rango de teniente. Se encontraba en las avanzadillas que estaban bajo el paraguas de los generales isabelinos Ramón de Meer y Kindelán y Juan Van Halen y Sartí. Se sacrificó por sus compañeros y fue el único prisionero de aquella acción desarrollada en Berga (Barcelona), siendo posteriormente encerrado y torturado en el castillo de Cervera (Lleida). Su historial en el Archivo Histórico Militar del Alcázar de Segovia son legajos que ocupan un metro de altura. No digo más. Por motivos de trabajo coincidí con el capitán general y JEME don Jaime Domínguez Buj, patrono, precisamente, de la Orden de San Fernando y, efectivamente, tampoco lo tenían en el radar. Me escribió una semana más tarde para decirme que no todo el mundo podía presumir de tener en su familia a un laureado con la cruz más valorada dentro de las Fuerzas Armadas y me dio la enhorabuena. Me dijo que lo habían comprobado y que lo habían incluido en la base de datos de la orden. Parece ser que la última persona viva con tal distinción falleció en 2007, por lo que no es de extrañar y creo que es motivo de orgullo que, todo un JEME se digne a escribirte para felicitarte por un antepasado directo casi 200 años después. Desde la creación de tal condecoración en 1811 se ha entregado en 378 ocasiones, siendo muchas en su categoría de segunda clase o en su versión colectiva, pero de primera clase y a nivel individual, no tantas. Por supuesto, en Villacañas, sobre este militar condecorado, ¡ni flowers! En cuanto a mí, soy su chozno, es decir, el hijo de su tataranieta. ¡menudo “palabro”! ¡Parece un insulto!

Concento de San José de la C/ Mayor de Corral de Almaguer

Otra familia de rancio abolengo son los “Amores”, por la rama de mi sexto apellido, “Arellano”, típico apellido de origen judío. Otros tipos que siempre aparecen con el don y doña por delante. Están emparentados con los Martínez-Raposo, los Moreno, los Perillán, los Sevillano, los Motta (de origen italiano y hoy con una sola “t” y muy abundantes en Quintanar debido a su relación con la orden de Santiago y por supuesto, en Mota del Cuero) los Zarco (que significa “ojos azules”) y los nobles “Tirado y Haro”. Se trata de una familia de abogados de los Reales Consejos que hunden sus raíces en Alcázar de San Juan y en la Fuente de Pedro Naharro. El bachiller en leyes más antiguo que he llegado a identificar en mi familia por esta rama es a Baltasar, de 1593 y de esta última localidad. Mi heptabuelo Andrés Theodoro de Amores Martínez-Raposo fue el “becario” de su suegro en Quintanar, mi octabuelo Joseph Sevillano y Motta Castaño y ahí debió conocer a su esposa, María Vicenta Sebastiana Atanasia Sevillano y Motta Tirado y Haro. Eran los escribanos del ayuntamiento de Quintanar. El padre de este Andrés, Alphonso Andrés de Amores, fue el notario-secretario de Corral a mediados del s. XVIII. Andrés Theodoro se licenció en el Colegio de Santa Catalina Mártir de Alcalá de Henares y me he hecho hasta con sus calificaciones en el examen final oral en su grado en leyes en 1782. El tío de su mujer, Joannes Hadiphonsus Tirado de Haro era, además, el secretario de la Universidad de Alcalá de Henares y quizás, por ello, siempre aparece su nombre en latín.

No quiero aburrir demasiado porque podríamos seguir con apellidos nobles como Collado, Gasco y Tercero, todos ellos con su apartado especial en el libro de la nobleza de Corral de Almaguer.

Especial mención a esos apellidos que han experimentado una evolución en el tiempo, como por ejemplo, los “Fernández-Clemente” que hace 250 años se escribían como “Fernández de Rojas Clemente”, los “García-Lajara” que se escribían como “García de la Xara”, los “Rojo” como “Roxo”, los “Vallejo” como “Vallexo”, los García-Mochales como “García-Moxales”, los “Jiménez” como “Ximénez” (originario de Lillo), los “Tello” como “Thello”, los “Ovejero” como “de las Ovejas” o el típico y más abundante apellido español, García, que en realidad es de origen vasco, se escribía “Gartzia” y también lo tengo en esta particular colección.

En cuanto a procedencia, decir que los “Pedroche” vienen de Granada, los “Ávila” vienen de 1750 de Torrejoncillo del Rey (Cuenca), los “Plata” vienen de 1740 desde Saelices (Cuenca) gracias a los “Ramírez” que fifty fifty proceden de Corral y de Saelices, Los “Cañadas”, los “Alarcón” y los “Rodrigo” de Villamayor de Santiago, los “Yustres” de Carrascosa del Campo y de Huete, los “Fernández-Perillán” de Almansa, los “Saez-Lorente” de Villanueva de la Zarza (muchos se han quedado actualmente en “Sáez” a secas), los “Manzanero” de Puebla de Almoradiel, los “Andrade” de Galicia, etc.

Y muchos más apellidos que no han salido aún pero que mis hijos tienen también entre sus antepasados, como Aguado, Alcázar, Alonso, Álvarez, Amador, Andrade, Aparicio, Archiles, Arellano, Arenas, Arévalo, Beas, Bretón, Buendía, Capitán, Casetas, Carralero, Carpintero, Campo-Díaz, Camuñas, Cana, Cañizares, Carbonero, Carlés, Carralero, Carrascosa, Cepeda, Chaves, Collado, de la Cuesta, de la Cruz, de Cuenca, del Coso, de la Cueva, de la Fuente, de la Peña, de la Vega, de Robles, del Pozo, del Rico, del Rincón, de Huelves, Díaz, Durán, Duro, Escudero, Estrada, Esteban, Fernández, Fernández-Clemente, Fernández-Grima (de este apellido había cientos en el XIX en Corral), Fernández-Tostado, Fernández-Trujillo, García-Ballesteros, García-Gasco, García-Lajara, Garzón, Gasco, Gómez, González, González-Girón, Huerta, Labrandero, Lominchar, López, Lozano, Malpesa, Mancheño, Martínez de Paniego, Martínez-Bustos, Martínez-Campo, Martínez de Bujanda, Martínez de la Cabeza, Martínez-Giraldo, Martínez-Raposo, Martínez-Villanueva, Melgar, Molero, Montalvo, Moxal, Muñoz, Notario, Olalla, Oliva, Ortiz, Palomeque, Pámpanas, Panduro, Parrillo, Peñalver, Pérez, Plaza, Postigo, Rada, Real, Rodríguez, Rojo, Román, Romero, Rozalén, Salazar, Santos, Santiago, Sánchez, Sánchez-Celemín, Sánchez de las Nieves, Tejedor, Tercero, Tilo, Tirado y Haro, Torquera, Torremocha, Torrijos, Valentín, Valerio, Zarza y Zabala. Lo que os decía, con este historial, mucho me temo que todos en el pueblo somos familia.

Entre todos ellos tengo historias que hablan de labradores, nobles, canteros, abogados, escribanos, pastores, panaderos, carpinteros, zapateros, secretarios, notarios, peones, pregoneros, militares, carabineros, etc. ¿De quién me siento más orgulloso? Si uno sólo de ellos no hubiera existido, yo no estaría aquí. Ese, seguramente, ha sido mi segundo aprendizaje y es que, investigar sobre tu familia es una auténtica bofetada de humildad.

Cuando comienzas una investigación así, no siempre tienes la suerte de tener a todos tus ancestros en tu pueblo. El peregrinar por diócesis, iglesias, llamadas de teléfono y sobre todo, mails y whatsapps han dado como para escribir un libro. Dicho de otro modo, tengo antecesores en Granada, Almería, Murcia, Valencia, Albacete, Ciudad Real, Toledo, Cuenca, Madrid, Ávila, Segovia, Zaragoza, Tarragona, Álava, Ourense, Cantabria e Italia. Curioso es el caso del apellido “de la Antonia”, una familia que vino en 1830 a Corral y que sus antepasados italianos se apellidaban “Dall’Antonia” y “Canciani”. Por otra parte de mi árbol, por una rama de los Lominchar, me apareció un sospechoso “de Sierra” que, según la paleógrafa del Archivo Histórico Nacional, en realidad es “de Sienna”. Así pues, yo, que pensaba que era manchego autóctono, resulta que no; mi denominación de origen está un poco en entredicho. Es más, visto mi caso, creo tener la certeza de que, si cualquier otro quisiese iniciar una investigación similar, se llevaría muchas sorpresas, o por lo menos, las mismas o muy parecidas a las que me he llevado yo. Entre algunas de esas sorpresas destacar que, el 30% de mis apellidos son de origen árabe, otro 30% es de origen judío y el resto es de origen cristiano. Sí, los españoles somos pura mezcla.

Otra perspectiva es la puramente estadística y las conclusiones son realmente espectaculares. Si nos vamos a la época de los Reyes Católicos, comprobaremos que la suma de los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y Granada suponían una población total de entre seis y ocho millones de habitantes. Más o menos, eso supone unos 17 ó 18 peldaños desde la actualidad hacia atrás en el tiempo o, lo que es lo mismo, unos 262.000 abuelos directos. Teniendo en cuenta que a nivel de “pueblo” muchas ramas se cruzan, no es desacertado pensar que esa cifra es muy elevada, pero, de la misma forma, no sería descabellado considerar que, por lo menos, unos 100.000 abuelos sí que podríamos tener. Si seguimos desarrollando esa progresión geométrica hacia atrás en el tiempo, nos ubicaríamos en el peldaño número 25 de nuestro árbol genealógico en la época de Fernando III el Santo. En aquella época deberíamos tener 33 millones de abuelos en una población de unos 7 millones de habitantes en loque hoy sería España y no sería raro considerar que, el propio monarca tendría bastantes posibilidades de ser nuestro ancestro directo, más si cabe sabiendo que, el tipo tuvo catorce hijos, algunos de los cuales fueron reyes de Castilla e Inglaterra. Pero más alucinante es si nos vamos al s. IX, en donde en un peldaño número 40, más o menos, tendríamos unos 1.000 millones de abuelos directos. En aquellos momentos, lo que hoy sería España tenía unos 4 millones de habitantes. El rey de Asturias era un tal Alfonso III el Magno y podría decirse que, casi seguro que la gran mayoría de los españoles actuales somos descendientes suyos. Y del mismo modo, si nos fijásemos en Carlomagno, un tipo que fue rey de los francos entre los s. XIII y IX y que tuvo entre 18 y 25 hijos, pues eso, que casi seguro que todos los habitantes de Europa Occidental seríamos descendientes suyos. Según la inteligencia artificial, el ancestro común de los 8.000 millones de almas que pueblan el planeta en el año 2024 debió nacer entre el año 1.400 a.C. en la época de Nefertiti, Akenatón y Tutankamón y el año 50 a.C. de los archiconocidos Julio César y Cleopatra VII. El mundo que, es un pañuelo.

En estos nuevos tiempos que nos ha tocado vivir en el actual año 16 después de cripto, hay aún infinidad de ámbitos que no están a golpe de clic y que reclaman de nosotros el remangarnos para mirar hasta la última coma. Detrás de una firma, al lado de un borrón o en un margen lleno de nombres casi ilegibles hay mucho aprendizaje, mucha sabiduría de los nuestros, de los que aportaron mucho sacrificio para que hoy podamos hablar de ellos. Los libros están esperando a ser abiertos y leídos para descubrir a nuestros seres queridos, a los que se sacrificaron por nosotros sin ni siquiera conocernos, nuestros ancestros. Me lo vais a permitir, pero ya solo el título de aquella película me chirrió mucho y me sonó tan a rancio que, además, el número de apellidos se me quedó excesivamente corto, ¿no crees?

Fdo.: Marcelino Lominchar Plaza…o como se diría en el s. XVI, Marcelino Martínez Martín de la Plaza.


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