Muerto Fernando VII y comenzada la primera guerra carlista, el absolutismo no tenía ya recorrido y los liberales añoraban la Constitución de la Pepa. Entre ellos, había dos facciones, la de los moderados y la de los exaltados. Entre estos últimos se encontraba un tipo perteneciente al Partido Progresista, un tal Juan de Dios Álvarez Méndez, Mendizábal para los amigos.

Este menda fue presidente del Consejo de Ministros, ministro de estado y ministro de Hacienda en la época de la regente María Cristina. Una época en la que “Españita” andaba a tiros entre isabelinos y carlistas. Pues bien, como encargado del Excel de las cuentas del estado, necesitaba pasta y su olfato le dijo que en España había muchas riquezas sin circular y que era momento de darles movimiento.

Juan de Dios Álvarez Méndez, Mendizábal

Este político es conocido por la famosa desamortización de Mendizábal. ¿En qué consistió? Pues, básicamente, en darle un hachazo a la Iglesia. Hubo más medidas, pero la medida estrella fue esa. Los liberales, cada vez, comulgaban menos con Roma y se decidió poner en subasta pública gran parte de su patrimonio eclesiástico, poniendo el acento, sobre todo, en sus tierras, que no eran pocas. De este modo, la aristocracia y la burguesía vieron la oportunidad de aumentar su propia riqueza y la mitad sur de España se comenzó a llenar de latifundios. Mientras tanto, la maquinaria del estado hacía caja y con ese cash Flow financiaron la guerra contra los Carlos María Isidro y compañía.

El abandono del patrimonio eclesiástico propició el saqueo de monasterios y desde entonces, muchos edificios del clero adquirieron un estado ruinoso que, en muchos casos, ha llegado a nuestros días. En ocasiones, incluso, se desacralizaron oficialmente los edificios, lo cuales cambiaron de uso como única medida que les salvara de dicha ruina. Parece difícil afirmar esto en la actualidad, puesto que España esta repleta de iglesias, ermitas, conventos, etc, pero, aunque difícil de imaginar ahora, así sucedió en aquellos años de 1836 y 1837.

No contentos con todo esto, un tal Pascual Madoz e Ibáñez hizo lo propio en 1855, años después de la segunda guerra carlista. Este pamplonés que en aquel entonces era ministro de hacienda, decidió que, quizás, fuera buena idea hacer lo mismo de Mendizábal pero poniendo el foco en otro tipo de patrimonio como el meramente público. Se decía que ese patrimonio estaba en “manos muertas” y se desamortizaron los bienes de pueblos, ciudades, etc. Fue el momento en el que los ayuntamientos comenzaron a tener problemas para pagar sus facturas, entre ellas, las de abonar a sus médicos, maestros, etc. En aquel tiempo se comenzó a decir aquello de “pasas más hambre que un maestro de escuela”. Habíamos pasado de un absolutismo a una España bipolar en el que la riqueza la concentraban unos pocos en detrimento de unos muchos. Esos muchos fueron unos jornaleros dueños de casi nada que, conformaron un basto proletariado que adquiriría su máximo esplendor en la Primera República. Además, quedaba servido el caldo de cultivo perfecto para las convulsas primeras décadas del s. XX.

Mendizábal y Madoz, dos tipos que, por sus decisiones, bien podrían asemejarse a muchos dictadores que ha arrojado la historia universal de los últimos cien años.

Pascual Madoz Ibáñez, obra del Congreso de los Diputados de Madrid. Pintura de la Galería de Retratos- O/L – 130X95 CM – 1873 Obra de José Nin y Tudo 1840/1908

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