Si alguien te dice que en pleno siglo XVI, una señora noble, viuda y con hijas, se embarcó rumbo a América para atravesar la selva, desafiar a los piratas, liderar a 50 mujeres, y reclamar tierras como quien pide la cuenta en una taberna… tú le contestas: “Eso no es historia, es una serie de Netflix con presupuesto”. Pero no. Eso es Mencía de Calderón, y si no la conoces, es porque los libros de texto están escritos por gente que nunca ha pisado un pantano con enaguas.

Nuestra protagonista nació en Medellín (Extremadura), como medio imperio español, pero no era una extremeña cualquiera. Viuda del hidalgo Juan de Sanabria, Mencía se convirtió, sin buscarlo, en la líder de una expedición femenina al Nuevo Mundo. ¿El plan? Reunirse en Paraguay con el adelantado Irala y repoblar la región. ¿La realidad? Un viajecito de esos que harían llorar al tercio más valiente.

Corría el año 1550 y Mencía embarcó en Sevilla con más de 300 personas, incluyendo a unas 50 mujeres españolas, entre ellas sus propias hijas. Se suponía que era una travesía controlada, con escalas en Santo Domingo, luego bordeando el continente hasta Asunción. Pero el océano, como siempre, tenía otros planes. El barco naufragó cerca de Santa Catalina (Brasil), perdieron provisiones, enfermaron marineros, y de los caballeros no quedaba ni el brillo de las espuelas.

Y entonces ocurrió el milagro histórico: Mencía tomó el mando.

Sí, leída así, la frase parece simple. Pero ponte en contexto: siglo XVI, América hostil, selvas infinitas, y un grupo de mujeres aterradas, muchas sin experiencia ni armas. La noble extremeña agarró el timón simbolicamente y dijo algo así como: “Vamos a llegar vivas a Asunción, y si hace falta, a mordiscos”. Durante tres años, recorrieron a pie y en canoa cientos de kilómetros por ríos infestados de enfermedades, mosquitos del tamaño de una tarántula y tribus poco interesadas en la hacer amigos.

Hubo hambre, hubo muertes, hubo motines (los hombres, claro), pero Mencía resistió. En vez de desmoronarse, se convirtió en madre, jefa, guía y general. Convenció a unos, impuso su autoridad a otros y, como si fuera Moisés con cofia, llevó a su pueblo hasta la tierra prometida: Asunción, donde llegó en 1553, con casi todas sus mujeres a salvo, y no pocas ganas de estrangular a algún funcionario.

¿Y qué hizo la historia con ella? Lo de siempre: olvidarla.

Porque mientras se celebraban las gestas de los Pizarros, los Almagros o los Corteses, a Mencía la archivaron como nota a pie de página. Ni siquiera un par de estatuas. ¿Sabes lo que hay en su Medellín natal? Algún recuerdo discreto y una calle pequeña. Ni una rotonda, oiga.

Y sin embargo, Mencía fue una pionera. No porque conquistara a sangre y fuego, sino porque demostró que una mujer podía liderar, resistir y vencer en el infierno virreinal sin necesidad de una espada, ni de permiso. Solo con sentido común, coraje y esa capacidad tan femenina de decir: “Tú sigue que yo ya me encargo”.

Hoy, sus descendientes se reparten entre España y América. Algunas de aquellas mujeres que llevó con ella fundaron familias, ciudades y linajes. Mencía no fue solo la jefa de una expedición: fue la semilla de una parte del continente.

Así que la próxima vez que alguien diga que las mujeres del siglo XVI estaban en casa bordando, dile que no. Que una extremeña cruzó el Atlántico, se perdió por la jungla brasileña y llegó a Paraguay por sus santos ovarios.

Hoy, por supuesto, lo que la gente tiene en su memoria es la película de “Caravana de mujeres”, pero el storytelling de la peli es bastante más pobre que la historia real de nuestra Mencía de Calderón.

Mencía de Calderón

Descubre más desde Relatos de la Historia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Categorizado en: