No siempre el poder se detiene a pensar. Rara vez, de hecho. Pero hubo una vez, una sola, documentada y asombrosa, en que el Imperio español interrumpió su expansión y su cruzada para preguntarse, entre murmullos de incienso y tinta burocrática: ¿Tenemos derecho a hacer lo que estamos haciendo?
Corría el año del Señor de 1550 y Carlos I de España y V de Alemania, emperador de medio mundo y súbdito de todos sus dolores, ordenó suspender las conquistas en América hasta nuevo aviso. Sí, has leído bien: el deseo imperial se paró. Se enfriaron los arcabuces, se encallaron las carabelas, se aplazaron las conversiones. ¿La razón? Una discusión.
Lo llamaron la Junta de Valladolid, aunque los libros más osados prefieren “la controversia”. Lo que de verdad ocurrió fue una diatriba, un combate sin espadas, aunque con víctimas: un debate filosófico, moral y político entre dos teólogos que, como en toda buena tragedia española, eran religiosos, ilustrados y tozudos.
A un lado del púlpito, el sevillano fray Bartolomé de las Casas, dominico, obispo de Chiapas, converso a la compasión. Había sido encomendero, testigo del avance virreinal y convertido luego en azote del sistema. Tenía la pluma afilada y la conciencia en carne viva. Sostenía que los indígenas eran racionales, pacíficos y plenamente humanos. No merecían la cruz sin argumentos, ni la corona a sus ancestros precolombinos. Su evangelización, decía, debía ser por la palabra, no por la espada.

En la otra esquina, el doctor cordobés Juan Ginés de Sepúlveda, humanista, aristotélico, cortesano de verbo florido y nervio imperial. Había traducido a Tomás Moro y soñaba con una América dócil. Sostenía, con argumentos de autoridad, como buen escolástico, que algunos pueblos estaban naturalmente destinados a ser gobernados. Los indígenas, decía, eran inferiores por naturaleza. Su sumisión era legítima, incluso benéfica. Aristóteles lo aprobaría, y eso bastaba.

Y ahí estaban: en el Colegio de San Gregorio, entre tapices, crucifijos y funcionarios con ojeras, debatiendo sobre el alma de América. Durante semanas, los argumentos volaron como saetas, los tratados se citaron como conjuros y los silencios pesaron más que los dogmas. No hubo veredicto oficial. La Junta acabó como casi todo en España: sin aplausos ni abucheos, con un “se verá” y una pila de legajos.
Pero algo quedó. Por primera vez en la historia de Occidente, una potencia imperial se preguntó públicamente si su conquista era justa. No se detuvo por ética, pero al menos se incomodó. Y en eso, de las Casas ganó por puntos. Su visión, más tarde, alimentaría las Leyes Nuevas y la prohibición formal de la esclavitud indígena. Sepúlveda cayó en el olvido, aunque hoy algunos lo rescatan con desparpajo. Y no, un debate así nunca se sostuvo en países como Inglaterra, Francia, Países Bajos o similares.
La controversia de Valladolid no cambió el mundo, pero lo ruborizó. Puso en duda el derecho divino de civilizar y sembró la semilla de lo que siglos después se llamaría derechos humanos. Que el siglo XXI los cumpla o no, es otro cantar.
Hoy, el Colegio de San Gregorio es un museo. La sala donde discutieron está pulida, iluminada y silenciosa. Las voces de Bartolomé y Sepúlveda han sido sustituidas por cartelas, bustos y escolares distraídos. Nadie levanta la voz. Nadie se juega un imperio. Pero si uno escucha bien, entre los ecos del claustro, aún puede oír la pregunta más incómoda del poder: ¿Y si no tenemos razón?

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Me da escalofríos reconocer la supina ignorancia de nuestra Historia…
Gran relato y muy fácil de leer, gracias a ti forma de escribir, y lo bien documentado que estás. Gracias y sigue así todas las semanas