Hay batallas que se celebran durante siglos. Trafalgar, por ejemplo, da para películas, estatuas y rencor diplomático. Pero hay otras que se esconden bajo la alfombra, como si ganar fuese una falta de educación. Una de ellas es la batalla de Tolón, 1744, donde España ganó, Inglaterra hizo el ridículo, y Francia… no se aclaró.

Vayamos al contexto. Estamos en plena Guerra de Sucesión Austríaca (1740–1748), que era como el Mundial del siglo XVIII: todo el mundo participaba, pero nadie sabía exactamente por qué. España, bajo el impulso enérgico de Felipe V y su segunda esposa, Isabel de Farnesio, quería recuperar Nápoles y Sicilia, esos territorios italianos que los Borbones consideraban tan suyos como el Palacio de La Granja.

Pero para eso hacía falta mover tropas desde Barcelona hacia Italia. Y ahí estaba el problema: la Royal Navy británica bloqueaba el puerto de Tolón, donde la flota francesa, aliada de España, se escondía sin muchas ganas de salir. Porque los franceses, cuando no inventan el derecho, inventan excusas. El bloqueo inglés era constante, aburrido y arrogante, hasta que en febrero de 1744 la escuadra franco-española decidió romperlo.

Y entonces entra en escena el héroe que nadie estudia: Juan José Navarro, Marqués de la Victoria, jefe de la flota española. Un almirante serio, disciplinado, que creía más en el cañón que en la palabrería. Al mando de una escuadra conjunta con los franceses (aunque más por compromiso que por entusiasmo), Navarro se enfrentó a los ingleses el 22 de febrero de 1744, frente a las costas de Tolón.

Juan José Navarro

El choque fue un caos. Los franceses, al principio, se mantuvieron al margen, como quien va a una pelea pero no quiere mancharse la peluca. Los ingleses, por su parte, entraron confiados, pensando que aquello sería otro paseo imperial. Error. Porque los españoles pelearon como galeones poseídos, maniobrando con audacia, castigando con precisión y aguantando fuego como si no existiera el miedo.

El resultado fue una derrota táctica inglesa: perdieron barcos, hombres y, sobre todo, prestigio. El almirante británico Thomas Mathews fue juzgado y destituido, mientras que nuestro Juanjo volvió a España con honores y el título de Marqués de la Victoria, que no es poca cosa.

Almirante Thomas Mathews

Pero lo más curioso es lo que no ocurrió: nadie celebró realmente la victoria. Los franceses, incómodos por su papel tibio, la minimizaron. Los españoles, acostumbrados a que solo se hable de sus derrotas, no insistieron mucho. Y los británicos… hicieron lo que mejor saben hacer con las derrotas: enterrarlas bajo toneladas de historiografía.

Y sin embargo, ahí quedó: una gran batalla naval en la que España venció a la Royal Navy en mar abierto en pleno siglo XVIII. Sin tormentas traicioneras, sin deserciones masivas, sin milagros. Solo estrategia, valor y artillería bien servida.

Pero claro, eso no vende. No hay columnas jónicas en Westminster con el nombre de Tolón. No hay superproducciones en streaming con Navarro como protagonista. Porque ganar no es noticia cuando quien gana no escribe los libros de texto.

Victoria española y derrota británica, olvido garantizado.


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