Hubo un tiempo en que Castilla era un patio de vecinos mal avenido: condes, reyes, bastardos, nobles y curas se peleaban más que en una junta de comunidad. En ese mundo de acero y sotanas de finales del s. XI, en plena Edad Media, las mujeres estaban supuestamente destinadas a bordar escudos, rezar rosarios y, con suerte, casarse bien. Y entonces apareció María Pérez de Villanañe, que rompió el molde con una frase no documentada pero totalmente probable: «dadme una espada y dejad de darme consejos.»

María vivía en Villanañe, en el norte de Castilla, y pertenecía a una familia de rancio abolengo: los Pérez de Ayala. Tenía hermanos guerreros, tierras, y —según la tradición— más arrestos que todos los caballeros del reino juntos. Y como no era mujer de quedarse mirando por la ventana, cuando estalló la guerra entre Alfonso VII de Castilla y Alfonso I de Aragón (alias el Batallador, que con ese apodo ya te haces una idea), María decidió que eso de quedarse en casa no iba con ella.
Dicen que se puso una armadura, se calzó el yelmo y salió a combatir como un soldado más, sin revelar su identidad. Y no solo combatió: capturó al mismísimo rey de Aragón, probablemente sin saber quién era. Se enfrentaron en una escaramuza cerca de Barahona, y María, en vez de salir huyendo, lo derribó del caballo y lo llevó prisionero ante Alfonso VII.
¿Y qué pasó entonces? Pues el joven rey castellano, flipando en colores, dijo algo así como: «Habéis obrado no como débil mujer, sino como varón fuerte, y vos y vuestra casa os llamaréis Varona desde ahora.» Y así nació el linaje de los Varona, cuyo escudo todavía luce las barras de Aragón como recuerdo de la gesta.
¿Verdad o leyenda? Probablemente ambas cosas. Como toda buena historia medieval, tiene más versiones que una canción de Sabina. Pero lo cierto es que la Torre de los Varona, en Álava, existe, y ha pertenecido durante siglos a los descendientes directos de María. Su apellido, Varona, no es apellido común: es título honorífico de mujer que luchó como hombre… o mejor.
María no ganó tierras ni títulos, ni escribió crónicas ni fundó conventos. Lo suyo fue más simple y más glorioso: vivir como quiso en una época que no se lo permitía. Fue guerrera cuando no tocaba, líder sin cargo y heroína sin himnos.
Así que la próxima vez que oigas que la Edad Media fue cosa de hombres con espadas y mujeres con rezos, recuerda que hubo una señora de Villanañe que se atrevió a lo que pocos: ir a la guerra, vencer en batalla y, de paso, capturar a un rey. Y todo eso… sin despeinarse. Porque para hacer historia no hace falta corona: a veces basta con agallas, acero y apellido propio. Si te apellidas Varona, ya sabes de donde vienes.

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Súper, súper interesante.
Enhorabuena, me ha encantado 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻