Si el lector ha estado alguna vez en Las Médulas, sabrá que el paisaje no parece de este mundo. Montañas rojas, picudas, recortadas como por un titán con problemas de ira, salpicadas de castaños centenarios que parecen vigilar en silencio. Pero lo más extraño de todo es esto: lo que parece una maravilla natural es, en realidad, una cicatriz. Una herida abierta por la mano del hombre. Y no por cualquier hombre, claro, sino por Roma, que no tuvo empacho en reventar media cordillera para sacar oro. Porque si hay algo que los romanos sabían hacer —además de calzadas, leyes y latinismos— era exprimir un territorio hasta dejarlo tiritando.
Las Médulas no siempre fueron Las Médulas. Antes de ser patrimonio de la humanidad, fueron un yacimiento. El mayor a cielo abierto del Imperio. A Augusto, ese señor tan sereno que decía haber encontrado Roma de ladrillo y haberla dejado de mármol, no le tembló la toga a la hora de ordenar que se arrasara media montaña si con eso llenaba unas cuantas arcas. Que para algo había que pagar las legiones, las termas y los caprichos del Senado.
¿Y cómo se extraía el oro en Las Médulas? Pues con un sistema que haría salivar a cualquier ingeniero contemporáneo: la ruina montium. Nombre poético donde los haya, y tan literal como brutal. Consistía en excavar galerías dentro de la montaña, llevar agua desde decenas de kilómetros de distancia a través de canales —aquaeductus, que decían ellos— y soltarla de golpe dentro de las minas. El resultado: el monte reventaba por presión hidráulica. Lo que hoy sería un atentado ecológico, en tiempos de Trajano era tecnología punta.
Se calcula que los romanos movieron unos 500 millones de metros cúbicos de tierra. Casi nada. Para hacerse una idea, es como vaciar media provincia y sacudirla encima de un tamiz. Se estima que obtuvieron más de 4.000 kilos de oro. Una barbaridad. Eso sí, no se piense el lector que trabajaban ahí patricios con túnicas blancas y coronas de laurel. No. Lo hacían esclavos. Miles. Muchos de ellos cántabros, astures y galaicos derrotados en las guerras del norte. Para ellos, la Pax Romana fue más bien una Pala Romana.
Durante más de dos siglos, Las Médulas estuvieron en activo. Pero como todo en la vida, llegó un momento en que el negocio dejó de ser rentable. El oro menguó, las guerras aumentaron, y Roma se fue olvidando de su mina ibérica. El paisaje quedó ahí, mutilado y grandioso, hasta que siglos después algunos se atrevieron a mirar aquello con otros ojos. No como una herida, sino como una obra de ingeniería monumental. Una arqueología del exceso. Un monumento al afán humano por doblegar la naturaleza.
Hoy, Las Médulas son un lugar de paseo, de fotografía y de asombro. Pero también son una lección, por si se nos olvida: la historia no siempre deja templos. A veces deja cicatrices. Algunas tan bellas que uno casi se olvida de cómo se hicieron.
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