En los tiempos en que los conquistadores españoles cruzaban océanos, selvas y montañas como quien cruza la calle, había uno que decidió ir un poco más allá. No le bastaba con conquistar tierras, fundar ciudades o acumular oro. No. Diego de Ordás quería subir un volcán. Y no cualquier volcán: el Popocatépetl, el gigante humeante del altiplano mexicano que imponía más que el trimestre de un autónomo.
Estamos en 1519. Hernán Cortés acaba de desembarcar en las costas de Veracruz, y su expedición se interna en territorio mexica con una mezcla de audacia, improvisación y pólvora. En el camino hacia Tenochtitlán, entre alianzas indígenas, emboscadas y traiciones varias, el grupo pasa cerca de dos colosos nevados: el Iztaccíhuatl, la mujer dormida, y el Popocatépetl, el guerrero que echa humo.
Cortés, que no era de dejaba pasar una, pregunta si alguno de sus hombres se atreve a subir al cráter del volcán. La idea era conseguir azufre para fabricar pólvora, sí, pero también demostrar quién manda allí. Y ahí aparece Diego de Ordás, un hidalgo zamorano con más ambición que sentido del peligro. Dice que sí. Que sube.

La expedición se organiza. Ordás parte con un puñado de hombres —unos dicen que dos, otros que varios más— y empieza el ascenso. No hay senderos. No hay crampones. No hay mapas. Hay nieve, rocas sueltas, el aire cada vez más fino y un olor a azufre que no invita precisamente a hacer picnic. A medida que suben, los acompañantes van desistiendo, entre el frío, la fatiga y la lógica. Pero Ordás sigue.
Y lo consigue.
Llega hasta el cráter del Popocatépetl. Mira dentro del volcán como quien se asoma al mismo infierno. Recoge azufre. Planta una cruz. Y baja, maltrecho, tembloroso y con una sonrisa que no le cabe en la cara. Ha hecho historia. Ha sido el primer europeo en coronar un volcán activo en América. Y lo ha hecho con armadura, sin oxígeno y por puro empeño personal.
El gesto no fue una simple excursión. Fue un acto de propaganda. Cortés lo utilizó para impresionar a sus aliados indígenas y a los mexicas, que consideraban la montaña sagrada e inaccesible. Aquello de que un forastero hubiese subido hasta la boca del dios y regresado vivo era poco menos que magia. O locura. O ambas.
Más tarde, Diego de Ordás volvió a España, donde Carlos V, siempre atento al marketing imperial, le concedió un escudo de armas en el que figuraba… sí: un volcán humeante. Así de literal. Y como los egos en el siglo XVI no tenían techo, Ordás volvió a América con ambiciones aún mayores: intentó conquistar El Dorado. Pero eso ya es otra historia, mucho menos exitosa.
Hoy su hazaña queda en un segundo plano de la conquista. Pero no deja de ser reveladora. Mientras otros buscaban oro, Diego de Ordás buscó altura. Mientras otros temían a los volcanes, él los subía. Y mientras otros pensaban en gloria, él la escaló.
Así que la próxima vez que veas el Popocatépetl, recuerda que hubo un tipo que, con más valentía que oxígeno, se plantó en la cima, miró al abismo… y dijo: “Aquí mando yo”.

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GRACIAS, como siempre. Muy enriquecedor y un relato para empezar el fin de semana.
A mediodía, se lo leeré a mi nieto.
Que interesante!!! Espero muchos más relatos, gracias, gracias, gracias.