Amadeo Ferdinando María di Savoia, o sea, Amadeo I de Saboya, nuestro rey italiano, fue promovido por el presidente Juan Prim y elegido por votación, ¡con un par! En España se le llamó Macarroni. Se casó con María Victoria del Pozzo della Cisterna. En España se la llamó “la Húmeda”. ¿Macarrones con agua? Pasta. La hicieron, sí, pero la verdad es que eran unos cenizos.

María Victoria del Pozzo della Cisterna

Su boda se podría titular «Siete funerales y una boda». Dos días antes de la boda, y agarrada al vestido de novia, se ahorcó la costurera. Incapaz de abrir la puerta de la casa y con el novio esperando, el portero se abrió las venas por temor a las represalias. En el cortejo nupcial y de insolación, el coronel de la guardia real cayó fulminado. Un invitado murió de sopetón en el banquete. Un testigo, amigo del rey, se pegó un tiro tras la comida, a tomar por c… Esperando el tren para irse de luna de miel, el jefe de estación fue arroyado por un tren. Ante el mal fario, volvieron a casa y un conde amigo de la familia se cayó del caballo y la calesa de los novios le pasó por encima. A todo eso, añadir que, el día que el rey vino a España, asesinaron a Prim, su valedor. ¡Menudo gafe!

Amadeo I de Saboya

Total, que, esperando a la reina, que vino a España meses más tarde, la aristocracia estaba que trinaba por tener que aguantar a unos reyes extranjeros. Comenzaron a sacar bulos sobre la reina, siendo el más famoso el que decía que era hija de un cardenal y una prostituta. Así, en la casa de los Marqueses de Alcañices y Duques de Sesto ubicada en el actual Banco de España, el día de San José y celebrando el santo del marqués (se llamaba Pepe), las aristócratas, en ese ataque de españolidad, siguieron el plan de la marquesa, Sofía la Rusa, y es que la menda era una princesa rusa. Se llamaba Sofía Troubetzkoy (Trubetskaya para los amigos). La rusa ideó la conocida como “Rebelión de las Mantillas”.

Sofía Troubetzkoy

 El 21 de marzo, en el Paseo del Prado, todas las aristócratas pasearían con sus peinetas y mantillas sujetadas por broches con el símbolo de los Borbones, la flor de lis. La reina, ese día, sin peineta y sin mantilla, desentonó más que una Audi con visillos. Ya no volvió a pasear.

¿Cómo terminó la rebelión? En aquella época, los defensores de Prim y contrarios a los Borbones y carlistas estaban representados por una panda de 30 matones, liderados por un empresario teatral llamado Felipe Ducazcal. La pandilla se llamaba la Partida de la Porra porque atacaban siempre a mamporros, dejando su sello en periodistas, políticos, etc. Ducazcal incluso se batió en duelo con un menda que criticó a Prim y perdió el duelo. El tiro le dio en la oreja y con la bala, allí insertada, vivió 20 años más. Así, estos borrachos que, ya eran conocidos como la Partida del Aguardiente, decidieron atacar por primera vez sin porras y de modo más inteligente. Contrataron prostitutas que vistieron con mantillas y peinetas mezcladas entre las amigas de la Trubetskaya, de modo que, para no verse mezcladas con estas otras mujeres, las aristócratas dejaron de pasear y fin de la rebelión.

Felipe Ducazcal

Tiempo más tarde, el 19 de julio de 1872, volvían los reyes de un paseo por El Casón del Buen Retiro en un coche de caballos descubierto cuando en la calle Arenal, a la altura de la iglesia de San Ginés, cuatro tipos intentaron matarle. Los testigos dijeron que Amadeo I no se escondió y que hasta sacó pecho, si bien, los matones no acertaron un solo tiro. Al día siguiente y por primera vez, una multitud de madrileños se agolpó a las puertas del Palacio Real para aclamarle. Se dice que Amadeo llegó a decir que parecía ser que necesitaba más atentados hacia su persona para ser valorado por los españoles. El caso es que el menda no pudo más y se largó del país. Debió decir aquello de “¡que os den!” Y así, España abrazó la Primera República en 1873, un año de chiste. ¡Un año para olvidar!

Atentado a Amadeo I

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