En 1509 emparentaban las coronas de España e Inglaterra con Catalina de Aragón, hija pequeña de los Reyes Católicos, y Enrique VIII, el cual se casó 6 veces, concretamente con 3 Catalinas, 2 Anas y 1 Jane. A alguna que otra les cortó la cabeza. Al dejar a nuestra Catalina, su primera esposa (hoy yace en Peterborough) arrancó el anglicanismo. En el Reino Unido se le respeta mucho, pero lo cierto es que este tipo está a la altura de nuestro denostado Fernando VII.

María Tudor

Al morir Enrique VIII, la nieta de los Reyes Católicos, Maria Tudor, reinstauró el cristianismo y persiguió con saña a los protestantes, de modo que una bebida es en honor a ella, el bloody mary. Se casó con su resobrino, medio primo, nuestro Felipe II, es decir, también Felipe I de Inglaterra. Los ingleses olvidan con facilidad que quien convenció a María Tudor para liberar de su encierro a su hermanastra, Isabel, fue él mismo. No era buena esa persecución que la reina hacía con los anglicanos y principalmente personalizada en su hermanastra, la hija de Ana Bolena. Cuando la Tudor murió sin descendencia, Felipe regresó a España e Isabel I ascendió al trono inglés, su medio cuñada. Lejos de llevarse bien con su cuñado, la grandeza de España a nivel internacional y la intromisión de Inglaterra en Flandes por motivos de poder y de religión hicieron el resto, hasta envenenar una relación que no muchos años antes era francamente buena. De hecho, hubo intento de boda entre ambos, pero Felipe se decidió por la francesa Isabel de Valois, su tercera esposa. La leyenda negra dice que quiso casarse con Isabel I, y no al revés. La realidad es que Felipe no quiso casarse con ella por un tema físico, y es que la nueva reina inglesa era estéril. Quien sí se quiso casar con el rey Felipe fue Isabel I, y recibió calabazas no tardando, de modo que la enemistad dio lugar a unos episodios que se escribieron con sangre entre españoles e ingleses.

Batalla entre la Gran Armada y la flota inglesa

Así, hablamos de la derrota de la Gran y Felicísima Armada en 1588 (nos dieron por todas partes, sobre todo en Gravelinas, y se rieron de nuestra armada llamándola «Invencible»), y también deberíamos hablar de la Contra Armada de 1589, bautizada por los españoles como «Invencible Inglesa» (les dimos por todas partes). Cuando el papa excomulgó a Isabel I, la cosa pilló con el pie cambiado a Felipe II, de modo que quedó en medio.

El tema entre ambos monarcas y ambos países se envenenó tanto que la guerra entre España e Inglaterra estalló en 1585 después de los ataques del pirata Drake a los barcos españoles en el Atlántico y del respaldo de la reina inglesa a los protestantes flamencos. La guerra duró 19 años, terminando con la Paz de Londres en 1604, estando ya en el trono Felipe III, un inútil que heredó un imperio sobre el que no se ponía el sol.

Isabel I de Inglaterra

¿Cómo comenzó el episodio más popular de esta guerra? Dicen que en 1588 Drake vio llegar a la Gran y Felicísima Armada y aun así terminó su partida de bolos. Nadie comentó esta anécdota en 1588 y la primera mención a la dichosa partida de bolos es realmente de 1730, con una mención al marino Walter Ralegh (falleció en 1618), el mismo que popularizó el tabaco en Europa. Vamos, que a los ingleses les sobró un regate a la hora de echarse flores. La verdad es que los ingleses estuvieron bastante asustados al ver aparecer a La Gran Armada por el horizonte, pero en aras de no quitarles mérito, todo les salió a pedir de boca.

Sí, efectivamente, la guerra duró dos décadas y podría afirmarse que la ganó España por lo firmado en Londres en 1604. En esta guerra hubo muchas batallas, y parece ser que la más importante fue la de 1588, siempre según la Pérfida Albión. Una batalla en la que la realidad nos dijo que España jugó contra los elementos y contra la descoordinación entre el Marqués de Santa Cruz y los duques de Medina Sidonia y Parma. De aquí, la famosa frase de Felipe II al saber de las malas noticias: “No mandé mis barcos a luchar contra los elementos”. Cuidado, los ingleses aseguran que nunca tuvieron que enfrentarse a una flota de semejante tamaño, pero la maldita hemeroteca ya nos informa de que hubo flotas mayores que atacaron Inglaterra en el pasado como la normanda de 1066 y la francesa de 1545. Es más, en esta batalla de 1588, los ingleses igualaron el número de barcos españoles gracias a barcos de mercancías, por lo que la inferioridad tampoco fue tal, o al menos, no lo fue como nos la quieren vender.

Algo que tampoco nos cuentan los ingleses es la batalla en A Coruña de 1589, un año después, y en la que María Pita demostró ser más valiente que un enano en una orgía. De esta última batalla que en España poco se estudia, y que a mí me parece apasionante, salió esta heroína, María Pita, a la cual le mataron a su marido, Gregorio de Rocamunde, y en un momento de duda, la tipa le quitó la lanza al alférez que dirigía el asalto inglés, el hermano del almirante Francis Drake, y se la clavó, dejándole en el sitio y desmoralizando así a los ingleses. Además, María Pita tiró para adelante al grito en gallego de “quien tenga honra, que me siga! ¡Con dos ovarios!

A este episodio de 1589 se le conoce como la Contra Armada. Los ingleses, lejos de irse con el rabo entre las piernas, decidieron atacar Lisboa, que también pertenecía entonces a la Monarquía Hispánica. Los servicios secretos funcionaron a la perfección y allí se les estaba esperando para provocarles un segundo destrozo. Los ingleses, ya medio moribundos, decidieron que alguna victoria debían obtener y salieron rumbo a Azores, pero las flotas española y portuguesa les persiguieron para efectivamente, hacer finalmente que se fueran de regreso a Inglaterra con el rabo entre las piernas. Es curioso el olvido que sobre este episodio hay en la memoria colectiva.

Y por mucho que Hollywood insista en describir un Felipe II fuera de sí, el tipo fue un gran rey, el rey de un imperio, cosa esta que no era fácil. Por ejemplo, instauró la jornada de 8 horas, cosa que casi nadie sabe a día de hoy. Se trataba de un tipo culto y leído y no el psicópata petardo que interpreta el español Jordi Mollá en la película “Elizabeth: la edad de oro”. Tuvo sus defectos, pero no tenía esa personalidad vomitiva que aparece en la peli y que hasta los españoles han comprado sin rechistar. Tanto hemos comprado la versión inglesa, que hasta Margaret Thatcher en la guerra de las Malvinas envió a la zona una placa recordando el episodio de 1588 y así insuflar ánimo a los británicos, pero nadie le narró a esta presidente lo ocurrido con la Contra Armada en 1589, es decir, la historia de nuestra María Pita. Quizás por ello le hemos dedicado una plaza a la Dama de Hierro británica en el mismísimo centro de Madrid, como si en España no tuviéramos heroínas a las cuales recordar. ¡En fin!

Monumento a María Pita en A Coruña

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