Tras la muerte en noviembre de 1975 del dictador Franco, y al que en el lenguaje de la época se le llamaba sin peloteos, el Generalísimo, vino un periodo democrático en el que aún nos encontramos. Sí que es cierto que Franco dejó su sucesión bastante mascadita, reinstaurando una monarquía encabezada por Juan Carlos I. Esto fue muy fuerte y polémico en aquel 1975 y en años previos porque la Casa Real estaba siendo dirigida desde el exilio por su padre, Juan, y es que Juan debería haber sido Juan III, pero la 2ª República primero y la dictadura después le impidieron reinar. Aquello tuvo sus más y sus menos con su hijo hasta el punto de que Juan reconoció a Juan Carlos I como rey en mayo de 1977, por lo que sí, la Casa Real tampoco es que lo pusiera fácil en un momento en el que todos estaban deseando echar a andar fuera como fuera y ¡por Dios! Santa Rita, Santa Rita que me quede como esté. Aun así, cuando Juan de Borbón falleció en 1993, el rey Juan Carlos I pidió que pasase a la historia como Juan III. Ya veremos si cuando vuelva a haber un Juan, si es que la monarquía aún existe, se denominará III o IV.

En toda esta cesión de derechos y reconciliación tuvo un papel importante un tipo llamado Adolfo Suárez, que con las siglas de UCD ganó las primeras elecciones democráticas tras la dictadura. Con este gobierno se sentaron las bases de la nueva constitución, incorporando a líderes a lo largo y ancho del espectro político. Años más tarde hubo un golpe de estado, el 23 de febrero de 1981, y ese día la democracia se doctoró ante la presión de unos militares que quisieron revivir tiempos pasados. Digno de mención fue el presidente Adolfo Suárez, que ante los disparos de los golpistas en el Congreso de los Diputados no se escondió, ni bajó la cabeza. ¡Vaya tipo! Pero antes de aquel golpe de estado comandado por el teniente coronel Antonio Tejero y un misterioso mando superior llamado el “Elefante Blanco”, hubo que dotar de una carta magna al país.

Campaña del Partido Comunista de España en favor del SÍ a la Constitución de 1978

La Constitución española de 1978 es la norma de mayor rango de nuestro ordenamiento jurídico, y a ella estamos sujetos todos sin excepción. Bueno, en mi opinión, todos, lo que se dice todos, no somos iguales, pero igual soy yo, que soy muy mal pensado. Sus padres fueron siete tipos llamados Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y José Pedro Pérez-Llorca por parte de UCD, Gregorio Peces-Barba por parte del PSOE, Jordi Solé por parte del PCE, Manuel Fraga por parte de AP y Miquel Roca por parte de las minorías catalana y vasca. Se aprobó el 31 de octubre de 1978 y se refrendó en las urnas el 6 de diciembre del mismo año con un resultado aplastante. Esto conviene decirlo porque luego hay comunidades autónomas que lo olvidan con mucha facilidad, y no, no existen países que vuelvan a votar sus constituciones cada “x” años. Casi el 92% de los que votaron la respaldaron, y votaron el 67% de los españoles con derecho a voto en aquella época.

Conviene decir que en los años de mayor número de atentados terroristas de ETA los datos que arrojó el referéndum de 1978 en el País Vasco y Navarra fueron:

He incluido a Navarra porque suele ser una petición del independentismo vasco con una comunidad autónoma que históricamente llegó a ser un reino con un peso importantísimo en la historia de España

Pero si nos vamos al otro caso de independentismo por antonomasia, pues eso, ya alucinamos en colores con los resultados de dicho referéndum, ya que Cataluña respaldó la carta magna con más entusiasmo que Madrid. ¡Ahora vas y lo cascas! El “Sí” obtuvo en todas las provincias catalanas más de un 90% de apoyo. ¿Entonces? Pues eso, que by the face el 1 de octubre de 2017 los partidos independentistas catalanes convocaron un referéndum porque yo lo valgo, y quisieron votar unas elecciones que iban en contra de lo que la propia Cataluña se autoimpuso en diciembre de 1978.

De chiste fue la declaración de independencia de un tal Puigdemont el 27 de octubre de 2017, después de un intento de referéndum fraudulento y declarado ilegal unos días antes. Tras aquella declaración unilateral de independencia hubo 34 segundos de aplausos y euforia. Después, 22 segundos más de discurso en los que el VAR anuló la jugada, de modo que la frase del presidente de la Generalitat decía algo así: “El gobierno y yo mismo proponemos que el parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos un diálogo sin el que no es posible llegar a una solución acordada”. Y fin, record de independencia breve con solo 56 segundos. ¡No llegó al minuto! ¡No puede ser! Tardó más el VAR en la final de la Champions del 2022 en anular el gol de Benzema. Personalmente he escuchado chistes más largos. Y claro, en la época de los memes y las redes sociales, el cachondeo no se hizo esperar. En cualquier caso, lo que partidos como ERC o la tradicional CiU exigían, es que lo votado en 1978 era papel mojado porque así lo consideraban ellos y ya está. Por cierto, el tal Puigdemont salió por patas de España para refugiarse en un país que tradicionalmente ha dado cobijo a etarras y delincuentes de lo más variopinto, Bélgica. Debe ser algún trauma o que aún no han digerido la España en la que el Duque de Alba campaba a sus anchas por Flandes.

Volviendo a 1978, desde entonces se han desarrollado diferentes legislaturas con una duración máxima de 4 años cada una, dentro de un modelo de Monarquía Parlamentaria en la que el jefe del estado es el rey, pero un rey que no gobierna, o sea, que el que manda es el presidente y sus ministros.

En este periodo que algunos comienzan a llamar Régimen del 78, España se incorpora a la OTAN en 1982 y a la CEE en 1986, de la mano del presidente Felipe González. Al margen de volver a ser acogidos por la vieja Europa tras años de dictadura, me gustaría resaltar dos hechos: En primer lugar, el premio Nobel de la Paz y presidente de Polonia, Lech Walesa, miró el ejemplo español para ver como trasladarlo a la Polonia de 1990, y en segundo lugar, el último mandatario de la URSS, Mijail Gorbachov, fan del presidente Felipe González, le llegó a preguntar al mandatario español por qué no podía hacer él en la URSS lo mismo que se hizo en España, y González le dijo que por tres razones, que eran que en la URSS no se había producido una transformación social, que tampoco había un tejido empresarial como en la España de 1975 y que por supuesto, tampoco tenían una clase media extendida como hubo aquí.

El camino, sin embargo, no ha sido fácil, con golpes de estado, declaraciones unilaterales de independencia, atentados terroristas de ETA, el infame atentado del 11 de marzo de Al-Qaeda (que quiso dinamitar las elecciones de aquel año dejando un reguero de sangre de 193 muertos y centenares de heridos), pandemias, crisis financieras, muchísimos casos de corrupción, indultos según los intereses políticos de turno, etc, pero España sigue su curso y ojalá que no pare porque los españoles se merecen un futuro mejor.

De cómo ha evolucionado este periodo democrático como tal, ya si eso, se lo dejamos a futuros escritores e historiadores que seguro nos pondrán verdes de aquí a unos años, porque material no les va a faltar. De momento, y para levantar el ánimo, sugiero varios capítulos más.

Padres de la Constitución de 1978

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