Era el 28 de marzo de 1939 y solo faltaban cuatro días para que la Guerra Civil se diese por terminada oficialmente. El único reducto republicano era la ciudad de Alicante mientras los italianos de la división Littorio, al servicio de las tropas franquistas, conducían a 15.000 refugiados republicanos a los campos de concentración de Los Almendros y Albatera.

Alicante era una ratonera, la represión iba a llegar de forma segura y mientras los Pirineos eran la pasarela natural para la escapatoria, en Alicante se necesitaban barcos para poder huir. Negrín había contratado barcos comerciales para abastecer a la población, pero el fin de la guerra llegaba y los barcos tenían orden de no portar refugiados. En el puerto alicantino, a los pies del castillo de Santa Bárbara, se agolpaban miles de personas, muchos de ellos niños. Familias enteras. Todos con más miedo que vergüenza y desesperados por conseguir un pasaje adonde fuera.

En contrapartida, el puerto alicantino se encontraba sin barcos, hasta que apareció el Stanbrook, cuyo objetivo era única y exclusivamente cargar naranjas y azafrán. Al ver el panorama, el capitán galés Archibald Dickson decidió cargar con aquella multitud y metió en el barco a poco más de 3.000 pasajeros, que se dice pronto. No tenían espacio ni para sentarse en el suelo. Iban hacinados. De postre, además, el buque Canarias, al servicio de Franco, les esperaba en alta mar para bombardearles.

Dickson partió a las 11 de la noche en dirección a las Baleares, para luego virar a estribor y dirigirse a Orán, que por aquel entonces era una colonia francesa. Cuando llegaron a tierras argelinas, concretamente al puerto de Mazalquivir, solo pudieron desembarcar a mujeres, niños y enfermos, y es que los franceses no querían hacerse cargo de los refugiados de guerra. Eran un marrón.

Hacinamiento en el Stanbrook con los refugiados republicanos

Los que pudieron desembarcar, mujeres, niños y enfermos, fueron instalados en la antigua prisión del Cardenal Cisneros, en donde se les “aseó” en masa y siempre observados por los hombres del gobierno, incluso cuando las mujeres estaban desnudas.

Los 1.500 hombres debieron esperar al mes de mayo para ser desembarcados. Un mes estuvieron dentro del barco conviviendo con los “trimotores”, unos piojos de tamaño considerable. Finalmente, les condujeron a campos de concentración como el de Camp Morand  de Boghari (ksar El Boukhari en árabe). Entre otras cosas, les emplearon como mano de obra gratuita para construir el transahariano a temperatura ambiente y sin aire acondicionado, siempre bajo la mirada inquisidora de los soldados senegaleses. Estos fusileros tan amables les obligaron en muchas ocasiones a sufrir castigos como el ”tombeau”, que consistía en cavar tu propia tumba para recostarte en ella y sólo salir dos veces al día para hacer tus necesidades.

En paralelo, la URSS decidió apiadarse de aquellos camaradas que eran un grano en el culo para las autoridades francesas, que no sabían qué hacer con ellos. Bueno, sí sabían qué hacer con ellos, maltratarles, pero la versión oficial era que no sabían qué hacer, ¡pobrecillos! Lo curioso de la Unión Soviética es que, pactaron llevarse sólo a aquellas personas que estuvieran casadas. ¡Acojonante! Ni se sabe la cantidad de parejas de hecho que salieron de forma improvisada, pero lo cierto es que solo embarcaron a parejas o parejas con niños, como si de un arca de Noé se tratase. Al resto, ¡que les dieran!

Este fue el inicio de una larga odisea para muchos españoles que terminaron en Moscú, Crimea o San Petersburgo, y que en muchos casos no pudieron regresar a España hasta, más o menos, 1978, que se dice pronto.

Por cierto, mientras estos pobres españoles penaban en el campo de concentración argelino, el capitán Dickson pereció en el mar del Morte seis meses más tarde tras recibir fuego enemigo de un submarino nazi. Se dice que aquel día hubo un minuto de silencio en el campo argelino.

Archibald Dickson

Lo que los republicanos siempre han callado de forma cuca y con mucho esmero es que, tras zarpar el Stanbrook aquella noche del 28 de marzo de 1939, otro buque, el Marítima, un barco de mayor tonelaje, de mucho mayor tamaño, partía desde Alicante con sólo 30 personas entre mandos republicanos civiles y militares y sus familiares cercanos. ¡Más falsos que un treinta de febrero! Sabían que el cebo para el Canarias era el Stanbrook. Partieron cómodamente al filo de la medianoche y sin sobresaltos. Su destino, desconocido, nunca fue un campo de concentración. Me viene a la cabeza esa frase tan conocida de “qué buen vasallo si tuviera buen señor”.

Crucero Canarias

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