Si en vez de llamarse Domingo de Soto se hubiese llamado Dominic South, habría estatuas suyas en todas las facultades de física, una unidad de medida con su nombre y, probablemente, una miniserie en Netflix con acento británico. Pero como nació en Segovia en 1494, en plena ebullición imperial, y se dedicó a pensar más que a figurar, hoy es uno de esos personajes que los libros de texto mencionan de pasada —cuando lo hacen—, justo antes de saltar de Carlos I a los Tercios como quien cambia de canal sin mirar.
Y, sin embargo, Domingo de Soto fue muchas cosas: teólogo, jurista, filósofo, físico… y dominico, que es como decir “intelectual de alto voltaje con hábito”. Perteneció a la llamada Escuela de Salamanca, un grupo de sabios que, en pleno siglo XVI, debatía sobre la libertad, la ley natural, la justicia y, ya puestos, la caída libre de los cuerpos. Porque en España, aunque parezca raro, también se reflexionaba con método, se hacían experimentos y se ponían en duda los dogmas… incluso los que no venían del púlpito, sino de Aristóteles.
Domingo de Soto fue de los primeros europeos en sostener que todos los cuerpos caen con la misma aceleración, independientemente de su masa. Es decir, lo que Galileo demostraría un siglo después dejándose caer cosas desde torres (o eso dicen), ya lo había anticipado este dominico segoviano desde el atril de su cátedra. Sin iPhone, sin cronómetro y sin aplauso.
Pero claro, Galileo era italiano, tenía buena prensa y era más polímata. Soto, en cambio, escribía en latín, vestía de blanco y negro, y hablaba de física entre tratados sobre el libre albedrío y la licitud del comercio con indios. Así no hay quien se haga viral.
Y hablando de indios: también fue uno de los primeros defensores de los derechos humanos en América. Participó como teólogo en la Cpntroversia de Valladolid (1550-51), ese reality teológico donde se debatía si los indígenas eran personas, lo cual ya dice mucho del contexto. Soto no solo defendió que sí lo eran (¡gracias!), sino que condenó los abusos de la conquista y sentó las bases de lo que hoy llamaríamos Derecho Internacional y sin olvidar a otro dominico de la misma escuela salmantina, Francisco de Vitoria. Todo esto antes de que Hobbes y Locke aprendieran a conjugar “libertad”.
Y sin embargo, ¿cuántas calles llevan su nombre? ¿Cuántas series, cuántos libros juveniles, cuántas universidades privadas han explotado su legado? Exacto. Ninguna. Porque Domingo de Soto representa ese tipo de sabiduría que en España se archiva: la que no grita, no se vende y no cabe en un eslogan.
Murió en 1560, en Salamanca, como vivió: entre libros, ideas y silencios. No buscó fama. Y la fama, tan aplicada con otros, lo dejó pasar como si no hubiera hecho historia. Literalmente.
Hoy lo recordamos porque alguien tiene que hacerlo. Porque antes de Newton, antes de los derechos humanos modernos y antes de que los cuerpos cayesen con estilo en TikTok, hubo un fraile que entendió la gravedad del mundo… y la explicó. En latín. En España. Y sin despeinarse.
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