Los visigodos, descendientes de los godos y que además hablaban germánico, estuvieron pululando por Europa hasta que ganaron a los romanos en la Batalla de Adrianápolis gracias a Alarico I. Luego los francos les dieron matarile y es por ello que finalmente se asentaron en Hispania y Galia poniendo la capital en Toulouse con el primer rey godo, Ataúlfo, un rey que se llevó de Roma a la hermana del emperador, Gala Plácida, para casarse con ella.

Tesoro de Guarrazar

Leovigildo, que ya tenía la capital en Toledo, fue el que mezcló lo godo con lo hispano y renunció a determinadas tradiciones bárbaras. La unión de la población indígena e hispano-romana se podría decir que es el germen de lo que conocemos como España, ¡casi nada!

Entre el 12 de octubre del 409 (otra vez un 12 de octubre) y el 27 de abril del 711 pasaron 33 reyes godos que los españoles escolarizados en el franquismo debían aprenderse de memorieta.

Los visigodos llevaron a España de la Edad Antigua a la Edad Media. Bajo la dirección de San Isidoro de Sevilla se elegía democráticamente al rey, ¡toma ya!. Así, Wamba, un rey luchador, poeta y maestro de ajedrez, fue elegido pese a que él no quería (eran otros tiempos), pero con Chindasvinto se comenzó con la conocida como “enfermedad goda”, es decir, los magnicidios. Salvo los reyes Atanagildo, Gundemaro, Recesvinto o el propio Chindasvinto, el resto fueron víctimas de regicidios, o sea, 29 reyes que al conseguir la corona decían, «lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir». El melón lo abrió Sigerico, que duró una sola semana en el trono. ¿Era el deseo de poder, o la envidia que generaba ese deseo de poder? ¿De ahí nos viene ese gen envidioso y tan característico de los españoles? La envidia, el deporte nacional.

Corona de Recesvinto

El final de los visigodos fue uno de los más súbitos de la historia universal, ya que tras el golpe de estado que en el 710 le hizo a Witiza el último rey visigodo, Rodrigo, sólo pasó un año hasta que Tariq entró en la península Ibérica, en el 711. Este último rey visigodo, Rodrigo, protagonizó un golpe de estado más, uno de los muchos que quedarían por venir en España, una España que aun no existía como tal. Es más, desde que Leovigildo y Hermenegildo se dieron de leches por el arrianismo y el catolicismo, en España no hemos parado de tener guerras civiles, es decir, lo llevamos en nuestro ADN, o sea, o estás conmigo o estás contra mí. Cada vez que un rey dividía reinos entre sus hijos, guerra civil al canto. Por cierto, lo que defendía el arrianismo es que no existía la Santísima Trinidad y afirmaban que Jesucristo fue creado por Dios Padre y que por lo tanto, estaba subordinado a Él. El generador de esta doctrina fue un tal Arrio en Alejandría (Egipto). En el primer Concilio de Nicea en el 325 ya se les consideró heréticos. Ganaron finalmente los católicos en la península Ibérica y lo más parecido que tenemos ahora a los arrianos son los testigos de Jehová.

Tras el dichoso golpe de estado, los hijos del rey Witiza, presumiblemente asesinado, Oppas y Sisberto, se la tuvieron que envainar, pero cuando llegó el momento de ayudar a Rodrigo en la Batalla de Guadalete, dejaron su flanco al descubierto y si te he visto no me acuerdo. De Rodrigo ya no quedó ni rastro y los musulmanes se hicieron con la península en tiempo record. Los visigodos no fueron conscientes de lo que se les venía encima.

Reyes godos en la Plaza de Oriente, Madrid

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