Juanelo Turriano resolvió uno de los grandes problemas cotidianos que tuvo Toledo durante siglos y consiguió que nadie quisiera pagarle la solución.

La ciudad se alza sobre una roca, a más de cien metros del Tajo: una defensa excelente contra invasores y bastante incómoda para quien solo quería llenar un cubo de agua. Durante siglos, aguadores y animales de carga subieron cuestas con cántaros al hombro. Toledo era imperial; su fontanería, menos.

Juanelo, nacido en Cremona hacia 1500 como Giovanni Torriani, llegó a España al servicio de Carlos I de España y V de Alemania. Relojero, matemático e ingeniero, construía relojes astronómicos y mecanismos automáticos. Felipe II confió en él durante años. No era, precisamente, un aficionado con una llave inglesa.

Juanelo Turriano

El desafío parecía imposible: subir agua del Tajo hasta lo alto de Toledo. Juanelo respondió con una máquina. Las descripciones hablan de ruedas hidráulicas, brazos articulados, cucharas y cangilones que elevaban el agua por etapas. No dejó planos completos y el ingenio desapareció, pero en 1568 empezó a funcionar: el agua llegaba al Alcázar.

Entonces entró en escena el mecanismo más resistente de todos: la discusión sobre quién pagaba. El Ayuntamiento sostenía que, como el agua llegaba al Alcázar, debía pagar la Corona. La Corona replicaba que beneficiaba a la ciudad, así que le tocaba al Ayuntamiento. Mientras ambos defendían su argumento, Juanelo mantenía la máquina y acumulaba deudas.

Un genio resolvía el problema; dos instituciones debatían a quién correspondía la factura. La innovación avanzaba. La cartera, no. ¡Menos mal que esas cosas ya no pasan!

Juanelo construyó un segundo ingenio, aún más ambicioso, para abastecer directamente a la ciudad. Funcionó, pero no arregló sus cuentas. Los pagos se retrasaron y murió en Toledo, en 1585, con una fama enorme y una economía bastante menos admirable.

A su alrededor creció otra historia: la del Hombre de Palo. Según la tradición, Juanelo habría fabricado un autómata de madera que recorría las calles pidiendo limosna para su creador empobrecido. Caminaba, movía los brazos y saludaba a quien le daba una moneda: un cobrador del frac con modales, versión siglo XVI.

No hay pruebas contemporáneas de que existiera. Las primeras referencias son posteriores y mezclan tradición y literatura. La historia, eso sí, encajaba con un ingeniero famoso por sus mecanismos automáticos. Felipe II poseyó varios ingenios suyos, y los cronistas admiraron sus conocimientos de hidráulica, relojería y mecánica.

Del Ingenio de Juanelo apenas quedan restos y testimonios. Abandonado y sin mantenimiento, desapareció en el siglo XVII. Toledo volvió durante un tiempo a depender de los aguadores.

Quizás esa sea la verdadera historia: un hombre venció a la gravedad y elevó agua cerca de cien metros con la tecnología de su época. Después, la falta de mantenimiento hizo el resto. ¿Nos suena? A veces no cuesta encontrar un genio; cuesta encontrar quién pague la factura.

Cuadro de El Greco en el que se ve el artificio de Juanelo Turriano

Descubre más desde Relatos de la Historia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Categorizado en: