Hubo un tiempo -antes de que los Windsor se dedicaran a inaugurar hospitales y patrocinar torneos de rugby- en que Inglaterra olía más a incienso que a té, y en que los matrimonios reales eran más diplomacia que devoción. Fue entonces cuando una infanta castellana, hija de Fernando III el Santo y hermanastra de Alfonso X el Sabio, cruzó el mar para convertirse en reina de Inglaterra. Se llamaba Leonor, y no fue una reina cualquiera. Fue una reina cruzada, viajera, enamorada, y, según cuentan, salvadora.
Leonor de Castilla tenía apenas trece o catorce años cuando, en 1254, se casó con Eduardo Plantagenet, futuro rey Eduardo I de Inglaterra. Él tenía quince, un carácter explosivo y una espada que blandiría más veces de las que firmaría tratados. El matrimonio se celebró en Burgos, con la aprobación de un papa, varios reyes y el aplauso unánime de los interesados en que Castilla y Plantagenet no se hicieran la guerra, al menos no entre ellos.

Y aunque la historia está plagada de reinas florero y esposas invisibles, Leonor no fue ni lo uno ni lo otro. Acompañó a su marido en su cruzada a Tierra Santa -la novena y última de cierta relevancia, aquella en la que los europeos todavía fingían que Jerusalén podía volver a ser cristiana-, y allí no solo fue compañera de viaje, sino también, según la leyenda, salvadora.
Dicen que en Acre, en 1272, un asesino envió al rey Eduardo una daga envenenada, y que la reina, al ver a su esposo herido, no se desmayó como mandaban los cánones románticos, sino que succionó la herida para extraer el veneno. No se sabe si salvó al rey o solo se ganó una buena intoxicación, pero la escena quedó grabada como una mezcla de amor conyugal y epopeya casi bíblica. Como mínimo, sirvió para que los juglares tuvieran algo que cantar en las cortes más allá de infidelidades y guerras.
A su regreso a Inglaterra, Leonor se convirtió oficialmente en reina consorte. No fue una figura pasiva: administró tierras, intervino en asuntos legales y acompañó al rey en sus viajes por el reino. Eduardo, conocido por su carácter férreo -le llamaban Longshanks por sus largas piernas y Hammer of the Scots por su poco diplomática afición a someter a Escocia-, parecía, sin embargo, tener una debilidad clara: su esposa. La quiso, la respetó y, cuando la perdió, le lloró como pocos reyes han llorado.
Leonor murió en 1290, en Harby, Nottinghamshire, mientras viajaba con su esposo. Su cuerpo fue trasladado a la abadía de Westminster para su entierro, pero el camino no fue una simple procesión. Eduardo, desolado, ordenó erigir una cruz en cada lugar donde el féretro de Leonor descansó durante el viaje a Londres. Doce cruces de piedra, góticas y solemnes, se alzaron en su memoria, marcando el duelo del rey y la devoción que inspiraba la reina. Son las llamadas “Eleanor Crosses”, y aunque algunas han desaparecido, otras siguen en pie: testigos mudos de un amor regio en tiempos en que los matrimonios eran más tratado que ternura.
En Westminster reposa Leonor, lejos de Castilla, bajo la misma bóveda que cobijaría luego a monarcas más ruidosos pero tal vez menos amados. Y mientras en España su nombre apenas resuena entre los ilustres del siglo XIII, en Inglaterra se convirtió en la medida del duelo real. No hubo mujer más llorada por Eduardo, ni símbolo más claro de su apego.
Porque entre cruzadas, venenos y cruces de piedra, Leonor fue algo más que una reina. Fue una de esas figuras que la historia mira de reojo, tal vez porque fue silenciosa, tal vez porque fue eficaz. Y ya se sabe que a la historia le gusta más el estrépito que la sutileza. Pero ahí están sus cruces, desafiando al tiempo, recordándonos que también hubo reinas que salvaron reyes, y que también hubo amor en la Edad Media, aunque tuviera que abrirse paso entre espadas, pactos y peregrinaciones.

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