Cuando Alfonso VIII logró que Inocencio III aprobara la cruzada sobre la península Ibérica, la conocida como la Cruzada del Sur, franceses, alemanes e italianos se unieron para llegar a Toledo en aquel verano de 1212. Pedro II de Aragón acudió con 3000 hombres. Al igual que Sancho VII de Navarra que llegó con 200 hombres. Diego López de Haro se personó como señor de Vizcaya con sus soldados vascos, vizcaínos y alaveses. También llegaron los templarios del maestro de la orden, un tal Gómez Ramírez. Por lontananza aparecieron los caballeros hospitalarios de Gutierre Armíllez, los de Santiago con Pedro Arias y los de Calatrava con Rodrigo Díaz de Yanguas. Alfonso IX de León y Alfonso II de Portugal no fueron en persona, pero sí que enviaron a sus tropas al mando de Fernán Gutiérrez de Castro. Total, entre 60.000 y 80.000 hombres, aunque la cifra se reduciría drásticamente.

La decisión de Alfonso VIII de Castilla de dejar en paz a los judíos y musulmanes que vivían en paz en territorio cristiano hizo que muchas de estas fuerzas, más papistas que el papa, no lo vieran claro y decidieran dar media vuelta dejando el marrón almohade para quien de verdad tuviera ganas. Estos “desertores” fueron, principalmente, alemanes, franceses e italianos. El fantasma de la derrota en Alarcos de años atrás se iba haciendo grande hasta que encontraron un paso que les hizo llegar al enclave de la Mesa del Rey. Era el 15 de julio cuando ambos ejércitos se miraron y evaluaron sus dimensiones.

Alfonso VIII mandó a la caballería contra los denominados fanáticos de Muhammad An-Násir conocido como Miramamolín, los cuales lograron desbaratar dicha carga. La segunda y tercera filas almohades cargaron con todo y el temor entre las filas cristianas se hizo muy patente.

En este punto de no retorno, Alfonso VIII miró al arzobispo de Narbona que estaba al frente de los cruzados, al maestre de los templarios y a sus pares de Navarra y Aragón, es decir, a Sancho VII y a Pedro II y dio la orden de morir o vencer. El rey de Castilla, un menda que siempre vestía de morado y que era más duro que un pistacho cerrao, cabalgó con ellos en lo que sería conocido como la carga de los tres reyes. Los “moros” fliparon. Los tres reyes atravesaron las líneas hasta llegar al palenque, a la mismísima tienda de An-Násir, protegida por la guardia negra, una guardia que se encadenaba para proteger a su líder, los conocidos como los im-esebelen. Unos tíos que iban todos los días a hacer pesas al Holiday Gym y que ligaban menos que cuando te echas Varón Dandy. Sancho VII cortó las cadenas de estos africanos y son las cadenas que hoy están en el escudo de Navarra.

Ese 16 de julio los almohades dejaron de ser una amenaza invasiva. Ese día fue la primera vez que España salvó a Europa. Habría que esperar a 1571 para que España volviera a salvar nuevamente al viejo continente en Lepanto. Ninguna de estas dos fechas es festiva, no te canses.

Sancho VII de Navarra cortando las cadenas del palenque

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