Cuando uno piensa en Brasil, piensa en samba, en caipiriñas, en fútbol. Pero hubo un tiempo en que Brasil fue portugués… y por un breve y curioso paréntesis, también holandés. Y ahí, en ese giro inesperado del siglo XVII, entra España con todo el peso de sus galeones, sus tercios y su manía imperial. Porque sí: hubo un día en que una armada hispano-portuguesa cruzó el Atlántico solo para recuperar Salvador de Bahía. Y lo consiguió.
Todo comienza en 1624, cuando las Provincias Unidas de los Países Bajos deciden que ya es hora de meterle mano a los territorios ultramarinos ibéricos. La razón no era una afición tropical, sino algo mucho más europeo: la guerra. Los holandeses llevaban décadas enfrentados con España en la llamada Guerra de los Ochenta Años. Y como Portugal estaba entonces bajo la corona española -por aquello de la unión dinástica de Felipe II en 1580-, Brasil era objetivo legítimo.
Así que los holandeses, muy bien organizados y con capital privado de su flamante Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, envían una expedición de 26 barcos y 3.000 hombres a tomar Salvador de Bahía, capital del Brasil portugués. Lo hacen con eficacia protestante: desembarcan, arrasan, toman la ciudad, y se instalan como si aquello fuera Ámsterdam con palmeras. Los portugueses locales, desconcertados, piden ayuda a Madrid.
Y aquí empieza la parte buena.
Felipe IV, rey de España y de Portugal, no estaba dispuesto a permitir que unos comerciantes calvinistas se quedaran con la joya del trópico. Así que ordena preparar una armada de socorro. Pero no cualquier armada: una colosal fuerza combinada de españoles y portugueses, bajo el mando de don Fadrique de Toledo. El mismo que ya tenía fama de no andarse con chiquitas.
La llamada Jornada del Brasil arranca en 1625 con una flota de más de 50 naves y unos 12.000 hombres. Una barbaridad. Se reúnen en Cádiz, se arman hasta los dientes, y cruzan el Atlántico en tiempo récord. Aterrizan en Salvador dispuestos a recuperar lo que consideran suyo. Y lo hacen como mandan los cánones de la guerra barroca: primero bombardeo naval, luego desembarco masivo, luego asedio por tierra.
Los holandeses, dirigidos por Johan van Dorth, resisten como pueden. Pero están en inferioridad numérica, aislados, y sin refuerzos a la vista. Tras semanas de cañonazos, hambre, y una epidemia o dos -lo habitual en aquella época-, los defensores se rinden. Salvador vuelve a ser portuguesa, y por extensión, española.
La victoria fue tan sonada que se celebró en toda Europa. Madrid se vistió de fiesta. En Lisboa hubo procesiones. Y Roma encargó pinturas conmemorativas para colgar en la iglesia de San Antonio de los Portugueses. El mensaje era claro: a la Monarquía Hispánica todavía le quedaban músculos para enseñar. El Imperio, aunque ya empezaba a dar señales de agotamiento, podía levantar una flota y reconquistar medio continente si hacía falta.
Hoy, pocos recuerdan que España reconquistó Salvador de Bahía. Pero ahí está el dato, enterrado entre cronistas y cuadros barrocos: una operación militar transatlántica exitosa, una colaboración ibérica de libro, y una ciudad tropical que pasó de portuguesa a holandesa… y vuelta a portuguesa, en menos de un año.
Y todo esto mucho antes de que los turistas europeos descubrieran que en Brasil se vive muy bien, pero no tanto si llegan con barcos armados.
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