La historia tiene debilidad por las ironías. Una de ellas lleva bigote, se llama Félix de Azara, y nació en 1742 en la comarca aragonesa de los llanos de Barbastro. Ingeniero militar, cartógrafo, naturalista autodidacta y pionero de la biología moderna. ¿Te suena? No. Normal. España es experta en esconder a sus sabios debajo de la alfombra.

Azara no nació para conquistar mundos ni para escribir tratados eternos. Lo suyo, en principio, era medir cosas: distancias, rumbos, coordenadas. Lo mandaron a América del Sur en 1781 con una misión clara: trazar la frontera entre los dominios de España y Portugal en el Cono Sur. Un encargo técnico, burocrático, sin gloria. La típica faena que se da al que sabe usar bien el compás pero no molesta en palacio.

El problema es que, al llegar, Azara se encontró con que la comisión portuguesa no aparecía. Y como buen aragonés, en lugar de volverse o protestar, se quedó. Veinte años. Así, como quien va por tabaco y vuelve con una enciclopedia.

Durante ese tiempo, recorrió a caballo, a pie o en canoa lo que hoy son Paraguay, Uruguay, Argentina y parte del sur de Brasil. Dibujó mapas con una precisión inédita, describió pueblos indígenas con una mirada asombrosamente empática para su época, y sobre todo, catalogó más de 400 especies de animales, muchas desconocidas en Europa. Sin laboratorio, sin beca, sin Google. Solo con su cuaderno, su lupa, su tesón y una capacidad de observación que haría sonrojar a muchos académicos de bata blanca.

Sus obras —especialmente Apuntamientos para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y del Río de la Plata y Viajes por la América Meridional— circularon por Europa. Pero no, no en España. En Francia. Allí, los naturalistas quedaron boquiabiertos. Uno de ellos, un tal Georges Cuvier, lo llamó “el mejor observador de la naturaleza que ha producido el siglo XVIII”.

Y por si eso no bastara, décadas después, un joven inglés llamado Charles Darwin leyó los textos de Azara como parte de su formación previa al Beagle. El propio Darwin reconoció que Azara le había servido de guía. O sea, que el padre del evolucionismo tenía un padrino aragonés. Pero eso aquí no se enseñaba. Ni se enseña.

¿Por qué? Porque Azara era incómodo. Era ilustrado, racionalista, y creía que la religión debía quedarse al margen de la ciencia. Era funcionario pero crítico. Era español, pero universal. Y sobre todo, era un sabio que no necesitaba títulos, ni tertulias cortesanas, ni bendiciones reales para hacer lo que hacía. Y eso no se perdona.

Volvió a España en 1801. Tarde. Aquí ya no lo leía nadie. Lo nombraron académico, sí, y le dieron algún cargo decorativo. Pero como tantos otros, acabó siendo una nota a pie de página en su país, y una inspiración en el extranjero.

Murió en 1821, en su casa de Barbuñales, sin monumentos ni homenajes. Su legado languideció entre telarañas mientras Darwin pasaba a la historia y Cuvier fundaba escuelas. Y sin embargo, allí estuvo Azara, con su cuaderno, su paciencia y su genio solitario, escribiendo la historia natural de un continente y de una ciencia que aún no tenía nombre.


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