En los anales del imperio español hay personajes que fueron reyes sin corona, generales sin guerras y héroes sin estatua. Y luego está Pedro Téllez-Girón, III duque de Osuna, que fue todo eso y algo más: un virrey con delirios imperiales, un político con alma de corsario y un aristócrata tan brillante como peligroso para sus propios jefes. Fue virrey de Sicilia y Nápoles en pleno s. XVII, cuando los virreyes eran medio virreyes y medio señores feudales con más poder que el rey…al menos hasta que el rey se enteraba.

A Osuna se le recuerda cuando se le recuerda, por una mezcla de genio, audacia y mala leche. Era un tipo educado, culto, refinado, y a la vez temido. Tenía la osadía como pasatiempo y la política por campo de batalla. Su carrera despegó gracias a su tío, el conde de Lemos, que lo enchufó en la corte de Felipe III. El “networking”, que siempre ha funcionado. Pero Pedro no era de los que solo calentaba el asiento. A los pocos años ya comandaba galeras, negociaba con espías, combatía a turcos y ridiculizaba a franceses.

En 1610 fue nombrado virrey de Sicilia. Allí empezó su leyenda. Al llegar a Palermo no se anduvo con rodeos. Redujo a los barones rebeldes, reorganizó la economía, fortaleció la flota y plantó cara a los corsarios berberiscos. Dicen que incluso montó su propio escuadrón de piratas al servicio de la corona, con patente de corso y permiso implícito para sembrar el terror. Que lo hiciera en nombre de España fue todo un detalle.

Tres años después lo trasladaron a Nápoles. Y si en Sicilia fue azote de los nobles, en Nápoles fue el susto de Europa. Reforzó las defensas, impulsó la industria naval, firmó alianzas y espiaba a media Italia como si fiera su tablero personal. Curioso fue uno de sus espías, un tal Francisco de Quevedo, y no menos curioso era que, el disfraz de criada era el que le gustaba para sus espías y usaba muchos criptogramas. En Nápoles fundó la primera red de contrainteligencia digna de tal nombre.

Peligroso como el solo, hizo ejecutar sin juicio a varios conspiradores, encarceló nobles y provocó incidentes diplomáticos con media Europa. Pero claro, mientras ganaba batallas y enviaba dinero a Madrid, en la corte hacían como no veían. Hasta que empezaron a ver demasiado.

Porque Osuna, no contento con gobernar como un monarca, empezó a soñar en voz alta con serlo. En Italia expandieron el bulo de que quería ser rey de Nápoles y eso en Madrid no gustó nada. Que pensaba declarar la independencia bajo soberanía nominal de España, pero con él al mando vitalicio.

Estos sueños de grandeza inquietaron al rey y en 1620 fue llamado a Madrid para ocupar un cargo en el Consejo de Estado. En realidad, lo quisieron quitar de en medio. Cuando vino a Madrid Felipe III murió de protocolo en una noche en la que nadie le hizo caso y le sucedió un Felipe IV con un nuevo valido, el Conde-Duque de Olivares. Quiso defenderse de todas las acusaciones de corrupción, abusos y, como no, de conspiración. Su amigo, el Conde-Duque, no movió un dedo por él y lo dejó caer como fruta madura. O quizás sí que movió algún dedo para dejarlo caer por un baranco. Osuna terminó sus días encerrado primero en la Casa de la Villa y finalmente en el castillo de la Alameda, en Barajas. Terminó medio loco, arruinado y olvidado por casi todos. Así es como España siempre ha pagado a sus héroes, en este caso, a este señor que jamás perdió una batalla. Murió en 1624, solo, pero sin rendirse.

Pedro Téllez-Girón fue un personaje incómodo para su tiempo. Demasiado capaz, demasiado ambicioso según algunos, demasiado brillante según otros. Quizás por eso la historia lo arrinconó en una nota a pie de página. Pero si hoy Nápoles sigue mirando con desconfianza a Roma, algo de culpa tendrá aquel virrey español que fue tratado como un auténtico rey.


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