La historia oficial, esa que se escribió en despachos llenos de humo y testosterona, insiste en que las guerras las pelean los hombres y las mujeres las sufren. Que ellas lloran desde la retaguardia, rezan en las iglesias o esperan junto al hogar. Pero hay historias, muchas más de las que se cuentan, que demuestran que, a veces, cuando el mundo arde, hay mujeres que se ponen el casco, el uniforme, y dicen: “ya me encargo yo”.

Aquí van tres de esas historias, que no caben en los libros de texto pero merecen estatuas, o al menos un brindis bien alto:

Catalina de Erauso, también conocida como la monja alférez, nació en San Sebastián a finales del siglo XVI. A los quince años, cansada del convento y del rosario, se escapó vestida de hombre y no paró hasta cruzar el Atlántico. En América hizo de todo: fue soldado, duelista, comerciante, pendenciera y fugitiva. Durante años, nadie sospechó que aquel joven algo violento, con talento para la espada y tendencia a liarse a golpes en las tabernas, era una mujer. Participó en campañas contra los indígenas, mató a más de un hombre en duelo, y sólo cuando la cosa se puso fea de verdad, reveló su identidad. ¿Y qué hizo el rey de España cuando se enteró? Pues Felipe IV la indultó, la aplaudió… y le concedió una pensión vitalicia. A ver quién le dice que no a una monja con sable.

Avancemos al siglo XIX. Guerra de la mal llamada Independencia (ya habíamos sido independientes antes y, además, habíamos sido potencia mundial). El país está patas arriba y todo el mundo lucha como puede. Francisca Guarch, nacida en la Lleida actual decide alistarse en el ejército disfrazada de hombre bajo el nombre de Francisco. Así, sin más. Se corta el pelo, se aprieta el pecho y se mete en el regimiento como si hubiera nacido para ello. Participó en la defensa de Zaragoza, en los sitios más duros y sangrientos de toda la guerra. Fue herida, ascendida, condecorada… y nadie supo nunca que no era Francisco, sino Francisca. Solo cuando terminó la guerra y volvió a su casa, contó la verdad. ¿El resultado? Una mezcla de escándalo y asombro, pero también el reconocimiento oficial del ejército español, que no se caracteriza precisamente por su flexibilidad en este tipo de cuestiones en aquel entonces.

Y si hablamos de genio, valor y mala leche bien canalizada, no podemos olvidarnos de María Martina Ibaibarriaga, una guerrillera legendaria contra los franceses. Oriunda de Bérriz (Vizcaya), su padre murió fusilado por los napoleónicos, y ella, en vez de llorar en un rincón, se fue al monte, formó su propia cuadrilla de hombres armados y se dedicó a hacerles la vida imposible a los invasores. María Martina iba vestida de hombre, juraba como un carretero y luchaba como tres dragones de cuera juntos. Su fama fue tal que los franceses pusieron precio a su cabeza. Llegó, incluso, a comandar en Vitoria una carga contra los galos y el Duque de Wellington quiso conocerla en persona. Al final fue capturada, pero —como buena heroína— logró escapar. Vivió para contarlo, se casó con un teniente que tenía a su cargo cuando ella ostentaba el rango de teniente coronel, tuvo hijos y murió como leyenda local. Vitoria le dedicó una calle como coronela no hace mucho.

Tres mujeres. Tres guerras. Tres disfraces. Tres revelaciones. Y una certeza: que la historia está llena de mujeres que, hartas de que les dijeran qué hacer, se cruzaron de bando, se cosieron el uniforme y salieron a cambiar el mundo… a bayonetazo limpio si hacía falta.

Porque en este país, cuando las cosas se ponen feas, las mujeres no solo remiendan. A veces se alistan. Y ganan.

Catalina de Erauso (arriba izqda,), Francisca Guarch (arriba dcha.) y María Martina Ibaibarriaga (debajo).

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