Cuando hablamos de Zaragoza, históricamente hablando, aparte de su origen romano, es muy difícil no acordarse de su famosa Agustina de Aragón. No es para menos, pero es que no todo el mundo sabe que entre junio de 1808 y febrero de 1809 murieron 10.000 soldados franceses y unos 54.000 zaragozanos que se dejaron la vida, literalmente, por defender su ciudad. A ello se deben sumar 10.000 personas más que murieron a causa de las epidemias posteriores.

Los franceses no eran conocedores hasta su llegada a Zaragoza de que su metodología debía cambiar drásticamente y es que, en Zaragoza la guerra debió ser casa por casa.

Tras bombardear la ciudad, la entrada del ejército galo se produjo a través de la Puerta del Portillo, en donde se produjo una carnicería. Es allí donde surge de entre las víctimas la figura de una tal Agustina que, decidida y sin dudarlo, se hizo con un cañón al servicio de unos artilleros ya fallecidos para torpedear al ejército invasor. Los galos fliparon y los zaragozanos cobraron valor ante semejante mujer.

Zaragoza no caía y los días seguirían con un sitio que no cesaba. Fundamental fue la ayuda del general bilbilitano barón de Warsage, que reclutó a 4.000 hombres de su Calatayud natal. Al otro lado del Ebro cayeron las huertos y fábricas que abastecían a la ciudad, hasta que en agosto los franceses penetraron por la ciudad para sembrar el caos. El general José Rebolledo de Palafox huyó para buscar refuerzos. El primer sitio había acabado.

General José Rebolledo de Palafox y Melzi

La calma tensa dio paso a los combates definitivos en diciembre. Tras una ardua defensa, los franceses rodearon la ciudad por completo. El tifus y la disentería comenzaron a hacer sus estragos ante la falta de alimentos. Fue en este momento en el que la contienda fue edificio a edificio. Los barrios fueron cayendo poco a poco. Famosa fue la resistencia del tío Garcés, un agricultor que se atrincheró en la torre del convento de San Agustín durante varios días.

En febrero la cosa ya pintaba muy mal. El golpe final fue cuando cayó el arrabal. Tras enfermar Palafox, su poder se derivó a una junta local que pensó en la rendición como única salida, frente a la opinión de muchos que preferían la muerte a la derrota. El 20 de febrero Zaragoza capituló y los pocos resistentes dejaron sus armas a 100 metros de la Puerta del Portillo. Los zaragozanos mostraron tan mal físico que los propios franceses no se creían cómo habían podido aguantar tanto. Lejos de respetar al vencido, el mariscal Jean Lannes mandó fusilar y arrojar al rio a los ayudantes de Palafox, los padres Basilio Boggiero y Santiago de Sas. Hoy en ese lugar se levanta una cruz en su honor, en el mismo sitio en el que, además, murió el barón de Warsage.

Cruz de los Mártires de la Independencia, Zaragoza

Meses más tarde, en mayo de 1809 y entre terribles sufrimientos, murió a orillas del Danubio el mariscal Lannes, el mismo día que falleció Haydn. De él dijo Napoleón que, “lo cogí enano, lo perdí gigante”. Gigante fue un pueblo, el zaragozano, que sin tener ejército, le hizo frente a un imperio.

Mariscal Jean Lannes

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