España ha tenido reyes “reguleros” y reinas excelentes, si bien, la excepción que confirma la regla es Isabel II, una tipa que se rodeó de sus hombres de confianza y entre los cuales repartió el poder por turnos. Así, desde 1856 hubo alternancia política entre los conservadores del Partido Moderado de Ramón María Narváez y los centristas de la Unión Liberal de Leopoldo O`Donnell, dejando siempre fuera de la ecuación al Partido Progresista. Los cabecillas de esta última formación, Salustiano Olózaga y Juan Prim, hartos de la situación, se plantearon una revolución. Por cierto, Olózaga, en un momento dado, fue acusado de forzar a una jovencísima reina a firmar una disolución de las cortes en 1843, por no decir que los rumores decían que era su amante.

Salustiano Olózaga

A ello, habría que añadir el hambre y la carestía que a nivel social estaban haciendo más que pupa. Para salvar el «match ball», el estado vendió parte del patrimonio para cubrir el déficit galopante, eso sí, reservando siempre el 25% de la venta para los caprichos de la reina.

Ramón María Narváez y Campos

El malestar iba en aumento y O’Donnell recurrió a Prim, pero los progresistas, muy digno ellos, se negaron a ayudar porque para ellos su reclamo llegaba ya demasiado tarde. Prim, incluso, propuso el levantamiento militar de Villarejo de Salvanés para forzar la llegada de su partido al gobierno, pero fracasó y antes de ser condenado a muerte se exilió. Eso sí, desde fuera de España sus planes siempre pasaron por derrocar a la monarquía.

En 1866 se produjo la sublevación del cuartel de San Gil en Madrid sin demasiado éxito. O´Donnell quiso fusilar a 66 insurrectos, pero la reina pidió fusilar a los mil detenidos. O’Donnell se negó e Isabel II pidió a Narváez formar un nuevo gobierno que excluyera a los centristas. Ese mismo año se reunieron en Bélgica progresistas y demócratas, es decir, los non grata. Menos mal que esas cosas ya no pasan. Allí, en Ostende, los gritos eran en contra de los Borbones.

Juan Prim y Prats

En 1867 murió O’Donnell y le sustituyó el general Francisco Serrano, que se acercó a los progresistas. Para colmo, en 1868 murió Narváez, el principal baluarte de isabel II.

Leopoldo O`Donnell y Jorís

La hermana de la reina, Luisa Fernanda, le sugirió a Isabel que se acercara a progresistas y demócratas, pero esta lo que hizo fue enfrentarse a ellos más si cabe. Nombró de presidente a su fiel seguidor Luis González Bravo y desterró a los generales de la Unión Liberal a Canarias. Mientras, González Bravo quitó presupuestos a la marina y los militares pasaron a estar más descontentos que Clint Eastwood sin cerillas.

El 18 de septiembre de 1868 la reina estaba de vacaciones en San Sebastián cuando Prim se acercó a Gibraltar junto a los progresistas Práxedes Mateo Sagasta y Manuel Ruiz Zorrilla. Mientras, el general Juan Bautista Topete, desde Cádiz, promulgó la revolución de la Gloriosa. Todos esperaron a Serrano desde su destierro en Canarias y así se inició un levantamiento como consecuencia de la corrupción de la reina. Topete gritó “Viva España con honra”. Prim recibió el apoyo de la armada y Bravo dimitió al día siguiente viendo que su resistencia tenía escasos efectivos. La revolución se fue extendiendo hasta que el 28 de septiembre tuvo lugar la batalla del Puente de Alcolea en Córdoba entre Serrano y el general Pavía, que resultó malherido. Madrid se unió a la Gloriosa y el 30 septiembre Isabel se largó a París sin mirar atrás.

General Juan Bautista Topete y Carballo

El 8 de octubre se estableció el famoso gobierno provisional. El debate, entonces, fue si elegir a otro Borbón, si a otra dinastía o inclinarse por una república. El regente con la nueva constitución fue el general Serrano, abriéndose así el sexenio democrático. En 1870 se asesinó a Prim en la calle del Turco de Madrid y en 1871 llegó un rey al que se votó en el congreso, un tal Amadeo I de Saboya. Seis años más tarde y tras una 1ª república, guerras por doquier y un sinsentido brutal, llegó al trono el hijo de Isabel II, Alfonso XII. ¡De traca! El chaval se casó con María de las Mercedes de Orleans y el nombre de esta tipa gustó tanto que, hasta el corredor de coches de carreras, Emil Jellinek, le puso a su hija el nombre de nuestra reina. La cosa no quedó ahí y el fundador y fabricante de coches alemán, Gottlieb Daimler, decidió llamar a su marca eso, Mercedes, el nombre de la hija de su piloto de carreras, el nombre de reina de moda en aquella época, la nueva reina de España.

Alfonso XII y María de las Mercedes de Orleans

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