Antonio Pérez fue el secretario de cámara y del Consejo de Estado de Felipe II e hijo del que fuera secretario de Carlos I. En aquella época, el medio hermano del rey, un tal don Juan de Austria, el que fuera hijo de Carlos I y de su amante, la alemana Bárbara Blomberg, era un tipo alto, fornido, rubio, de ojos azules, que era listo, atlético y todo lo hacía bien, vamos, que era más guapo que un tractor recién «pintao». Pues bien, Juan de Austria había estado en la rebelión de las Alpujarras, en Lepanto, en Túnez, en Italia, en Flandes, y claro, el menda necesitaba también un secretario, y lo tuvo, Juan de Escobedo se llamaba.

Las relaciones entre Felipe II y Juan de Austria no eran las mejores debido a las decisiones a tomar en Países Bajos e Inglaterra, y con ello jugó Antonio Pérez en beneficio suyo. El problema es que el advenedizo de Juan de Escobedo llegó a la corte para explicar las verdaderas intenciones de servicio de su jefe, Juan de Austria, lo cual dejaba al descubierto a Antonio Pérez. Por ello, Antonio Pérez protagonizó una huida hacia adelante y culpó a Escobedo de las propias ambiciones de Juan de Austria.

En paralelo, Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, más conocida como la Princesa de Éboli, mantuvo relaciones con Felipe II cuando ambos eran jóvenes, en la época de Isabel de Valois, la segunda esposa de Felipe II. Además, y una vez se quedó viuda del valido de Felipe II, Ruy Gómez de Silva, se enrolló con Antonio Pérez, es decir, pleno al quince. Sí, parece ser que estuvo primero con uno y luego con otro, y de ello estuvo al tanto Juan de Escobedo, el tipo más listo de la clase.

La princesa de Éboli vivía enfrente de lo que hoy es la catedral de la Almudena, y en esa esquina con la calle Mayor, cuatro tipos enmascarados asesinaron a Escobedo. El escándalo estaba servido, y es que Antonio Pérez era más sospechoso que una embarazada en un aeropuerto colombiano. Así, la princesa de Éboli, famosa por su parche en el ojo debido a que lo perdió con su profesor de esgrima (al profe le metieron en un ERTE, fijo) la encerró Felipe II en la Torre de Pinto primero y finalmente en el Palacio Ducal de Pastrana, del cual ya no pudo salir. Por su parte, Antonio Pérez dio con sus huesos en la cárcel de la Casa Cisneros de Madrid, acusado de matar al secretario del playboy don Juan de Austria. En un bis a bis con su esposa, se cambiaron la ropa y Antonio salió huyendo vestido de mujer. Llegó a Inglaterra y allí prestó sus servicios como espía a Isabel I de Inglaterra, la excuñadísima de Felipe II y enemiga acérrima número 1. De hecho, gracias a él, los ingleses llegaron a tomar Cádiz en 1596 a través del almirante Charles Howard, el conde Essex y la ayuda de las Provincias Unidas de los Países Bajos. Desde entonces, Antonio Pérez fue considerado como el mayor traidor de España y en su cumpleaños había menos gente que en el de Falconetti. Es más, hay quienes afirman que la famosa leyenda negra de España comenzó a coger tintes muy oscuros en aquellos tiempos, y es que Pérez trató de verter acusaciones en Felipe II, desvelando la relación que mantuvo con su prisionera favorita, la Princesa de Éboli.

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