S.XI. ROMÁNICO

En España parece que solo hemos tenido una guerra civil, pero no, hemos tenido muchas, y una bastante gorda fue la que vino tras la muerte de Fernando I. En su matrimonio con Sancha tuvo 5 hijos entre los que repartió su gran reino. A Urraca, la mayor, le dio Zamora, a Elvira Toro, a Sancho Castilla, a Alfonso León, y a García Galicia. ¡Y como no, pelea al canto! A la muerte del padre, todos los hermanos se pelearon por la parte de los demás. Y cuidado, que los papás murieron de enfermedad o de por causas naturales, porque luego uno ve series de TV en las que se toman licencias como el tener una primogénita parricida, ¡será por falta de imaginación!

No se ganó Zamora en una hora, y si no, que se lo digan a Sancho II, que aunque era el tercero de los hijos de Fernando I, era el mayor de los varones y pensó que todo debía ser para él. Total, que primero se hizo con la Galicia de García en la Batalla de Santarém sin apenas oposición, y de paso, ficho a un tal Rodrigo Díaz de Vivar, el archiconocido Cid, que fue armado caballero por doña Urraca, la parricida según Amazon, y que curiosamente estaba loquita por los huesos del Cid. Con él, Sancho II se puso a disputarle León a su hermano Alfonso, al cual venció en la Batalla de Golpejera (Palencia).

Mientras, el cerco de Zamora duró más de 7 meses y ni por esas, de ahí el famoso dicho. Tanto es así, que un supuesto desertor de Zamora, Bellido Dolfos, se ganó la confianza del rey de Castilla y le asesinó cuando ambos se encontraban a solas. Tras esto, se le descuartizó y hoy es considerado un héroe zamorano. Hay sospechas de que la instigadora pudo ser Urraca, pero el caso es que Alfonso acudió a tomar posesión de Castilla como Alfonso VI, y claro, imaginemos la cara de El Cid, más preocupado que cuando vas a un baño sin pestillo.

Escena de Santa Gadea en la película «El Cid»

Según el “Cantar del Mío Cid” La cosa fue tensa y el Cid le hizo jurar en Santa Gadea que no había tenido nada que ver con la muerte de su hermano, y hala, al destierro que se fue el chaval como autónomo. Fue entonces cuando el Cantar del Mío Cid señala que el pueblo de Burgos pronunció la frase de “¡qué buen vasallo si tuviese buen señor!”. Pero todo esto no ocurrió, es decir, solo figura en la única poesía extensa y épica en lengua romance de nuestra historia. Hay quien dice que se escribió en 1207 por cristianos, otros como Menéndez Pidal la ubican en 1140, pero teorías más recientes como Dolores Oliver afirman que una obra en la que los cristianos no son tan buenos y en donde los musulmanes no son tan malos, quizás fuera escrito por un musulmán, precisamente en un siglo, el XI, que fue el de mayor tolerancia desde que los musulmanes arribaron en la península. Lo cierto, lo verdaderamente cierto, y aunque esto suponga muchas desilusiones, es que la historia narrada en “El Cantar del Mío Cid” es más falsa que una cuenta en Facebook. La jura de Santa Gadea nunca existió por muy buena que quedara la escena en la película de 1961 de Sofía Loren y Charlton Heston. Lo que sí existe en Burgos es la Iglesia de Santa Gadea o Santa Ágeda, nada más. No sólo eso, las hijas del Cid no se llamaban Sol y Elvira sino Cristina y María, los Infantes de Carrión no existieron como se describen y el primer destierro no fue por el dichoso juramento, sino porque al Cid le sobró un regate a la hora de perseguir a unos “moros” que, al parecer, pagaban religiosamente sus impuestos a Alfonso VI. De hecho, la relación entre el nuevo rey de Castilla y el Cid no debió ser tan mala porque doña Jimena, la esposa del caballero, era sobrina de Alfonso VI. Y por añadir una anécdota más, la espada Tizona que compró la Junta de Castilla y León no es la auténtica.

Alfonso VI, el que no estaba en las quinielas iniciales, se fue anexionando todo lo de su padre, y de paso, también La Rioja, Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Y ojo, de Navarra estuvo a un tris.

Mientras el Cid iba forjando su leyenda por el Levante estando al servicio del mejor postor, ya fuera cristiano o musulmán, Alfonso VI se iba haciendo con el centro peninsular, conquistando un pequeño pueblo llamado Mayrit, hoy Madrid, y una Tulaytulah que antes fue Toletum y que hoy conocemos como Toledo. Se las quitó a Al-Qadir, un tipo que llamaba “Sidi” a Rodrigo Díaz de Vivar, es decir, “señor” en árabe y que en castellano pasó a ser El Cid, un nick considerado estúpido en aquel entonces. Al-Qadir, además de pagar impuestos al Cid, negoció la rendición de Toledo en 1085 con Alfonso VI, asegurando el bienestar de los musulmanes, lo cual supuso el comienzo de la ciudad de las tres culturas. Llamativo es el olvido de otro caballero, primo hermano de Rodrigo Díaz de Vivar, y que a día de hoy pocos conocen. Alvar Fáñez, llamado en euskera Minaya (que significa mi hermano) que fue un importante capitán que defendió la frontera de Castilla entre Cuenca y Toledo, área conocida como Tierra de Alvar Fáñez. Y no menos importante fue la pérdida en Consuegra en 1097 del hijo del Cid, Diego Rodríguez, a las órdenes, como no, de Alfonso VI y luchando contra las tropas de Yusuf Ibn Tasufin…eso, que luchó “hasta su fin”.

He mencionado Madrid también, y es que haciendo un pequeño paréntesis en el caso de Madrid, ni siquiera los madrileños conocen cual fue el primer lema de la ciudad: “Fui sobre agua edificada y mis muros de fuego son”. Resulta que había un rio en la actual calle Segovia que era la matriz de aguas de la zona, y ese término de “matriz”, en árabe, dio nombre al primer asentamiento musulmán, Mayrit. Este nombre en castellano se pronunciaba como “Magerit” y ha evolucionado a la palabra “Madrid” actual. El caso es que esta es la razón de la primera parte de la frase, una base acuífera de un río. En cuanto a la segunda parte, se debe a que la zona superior de la muralla madrileña estaba construida con sílex o pedernal, y al ser atacada con flechas, al impacto con la muralla saltaban chispas. Y muy gracioso fue cuando en esta época encontraron en las famosas murallas una imagen escondida de una virgen a la que denominaron Almudena, que viene del árabe “al-mudayna”, que significa “ciudadela amurallada”. Alfonso VI y el Cid procesionaron detrás de esta imagen y es que parece ser que cuando la descubrieron, la imagen apareció con dos velas que seguían encendidas. La obsolescencia programada, que aún no se había inventado.

Siguiendo con nuestra historia, tras colaborar juntos Alfonso VI y el Cid en la Batalla de Sagrajas (Badajoz), hubo un desencuentro en tierras murcianas, en Aledo, y el rey volvió a desterrar al Campeador por traición, ya que no llegaron a quedar en el sitio acordado, y es que entonces no había GPS y parece ser que se medio perdieron ambos antes de enfrentarse a los musulmanes. Incluso le expropió de sus bienes al más puro estilo venezolano. Así, el Cid volvió a ser un autónomo y además apaleado, pero con la suerte de tomar Valencia en 1094 para autodenominarse “príncipe Rodrigo el Campeador”. ¡Con un par! En la película de Charlton Heston, en lugar de Valencia aparece Peñíscola, que mola más, total, ¿quién se va a dar cuenta?

Por cierto, El Cid Campeador murió en 1099 por causas naturales y jamás cabalgó muerto sobre su caballo llamado Babieca. ¡La gente, que antes era muy exagerada y la de ahora no lee! Doña Jimena, su esposa, pasó a ser Señora de Valencia. Por su parte, Alfonso VI, después de 5 mujeres y 2 concubinas (una de ellas fue Zaida, princesa musulmana de al-Ándalus e hija de al-Mutámid), moría en Toledo en 1109, heredando el trono su hija Urraca I la Temeraria, la primera reina de Europa, no consorte.

Monumento al Cid en Poyo del Cid, Teruel

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