Derrotado en 1568 en San Juan de Ulúa (Veracruz, México), la cucaracha de Francis Drake comenzó a masticar su rencor hacia todo lo español. Su venganza llegó cuando arrasó Cartagena de Indias, cuando hundió unas cuantas naves en Cádiz y cuando capturó cierto galeón español cargado de monedas de oro. Como buen pirata, llegó a defraudarle a su propia reina, Isabel I, pero eso, a día de hoy, no interesa sacarlo a la luz. No deja de ser cierto que su reina nunca le echó de menos cuando sus días llegaron a su fin.
Se trataba de un ser sin principios, sin escrúpulos y sin respeto por las leyes. No lo digo yo, lo dice el historiador británico Anthony Beevor. Cuando perdió en San Juan de Ulúa, huyó sin avisar y dejando a sus colegas tirados como colillas. Este fue el verdadero Drake.
En Smerwick (Irlanda) degolló a 600 italianos enviados por el papa que, ya se habían rendido y los arrojó al mar desde un acantilado. Los ingleses, por el contrario, le veneran y presumen de él mencionando que cuando vio arribar a los españoles de la Gran y Felicísima Armada en 1588, dijo que debía acabar antes su partida de bolos. Esta frase es leyenda puesto que la primera mención a esta estupidez es de 1730, gracias a una supuesta narración del marino Walter Ralegh, contemporáneo de Drake.
Además de cobarde y criminal, era tonto como él sólo, puesto que décadas posteriores a la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, concretamente en 1577, afirmó que había sido él mismo, el primero en dar esa vuelta al globo. Se hizo hasta un escudo, amosnomej…
En Inglaterra se habla de 1588, pero no de la batalla de 1589 en A Coruña, en donde una tal María Pita mató al hermano de Drake. Al saber la noticia, a este sinvergüenza se le debieron quedar los ojos de Candy Candy.
En 1595, y con el apoyo de la corona inglesa, se le envió a un Caribe mejor fortificado para disgusto suyo. Recibió palos en Las Palmas y posteriormente en Puerto Rico y Panamá. El menda no sabía ni por donde le entraban las collejas. Visto lo visto y como buen cobarde, se centró en pequeñas aldeas en donde robó, violó, saqueó, incendió y asesinó como si no hubiera un mañana.
Si capturaba un barco, mataba primero y luego preguntaba. Con ese reguero de sangre, España le tenía cogida la matrícula, y así llegamos a 1596. Aquel año, éste prenda y junto a otro pirata de renombre como Hawkins, perdería un combate frente a Bernardino de Avellaneda y Juan Gutiérrez de Garibay. Los ingleses perdieron 17 naves y 2.500 hombres y en Inglaterra jamás se habló de aquello. Y precisamente allí, este criminal de guerra llamado Drake se cogió una disentería como la copa de un pino. Murió en Portobelo y hoy veneran en su tierra natal a este parlamentario y comerciante de esclavos.
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