Hay flores que adornan un jarrón, otras que perfuman el aire de los jardines imperiales, y hay alguna —una sola— que acompaña al emperador más poderoso de su tiempo en su última batalla: la de la muerte. Carlos I, emperador del Sacro Imperio y rey de España, llevó un imperio en sus hombros y un clavel en el pecho. No en sus días de gloria, no en las coronaciones ni en las campañas flamencas, sino en Yuste, entre los muros silenciosos del monasterio donde vino a morir.
Cuenta la tradición —y a veces la tradición es más honesta que la crónica oficial— que Carlos pidió ser amortajado con un sayal de fraile jerónimo, sin corona, sin espada, sin cetro. Solo él, su Dios… y un clavel rojo. Pero no era una flor cualquiera. Era, se dice, el recuerdo último de su esposa, Isabel de Portugal. Había sido reina, madre de sus hijos, compañera silenciosa y sabia de un emperador agobiado por el deber. Murió joven, y Carlos no volvió a ser el mismo. Conservó el clavel que ella le dio como quien guarda un amuleto contra la intemperie del poder.
La historia se remonta a la historia de amor que el emperador Maximiliano profesaba por su primera esposa, María de Borgoña, y que se representó con un clavel traído desde Persia. Este clavel sirvió e inspiración a su nieto, a nuestro Carlos I de España y V e Alemania. En la luna de miel de nuestro Carlos e Isabel de Portugal en la Alhambra de Granada, el novio le regaló este famoso clavel traído desde Persia a su recién esposa en señal de amor eterno. A la chama le gustó tanto que el emperador mandó plantar estas flores en el mismo jardín del patio de Lindaraja, justo debajo de los aposentos de la emperatriz. El clavel que le regaló el emperador fue secado para su conservación por un morisco y mediante una técnica nazarí desconocida…o eso es lo que describe la leyenda. Este clavel se lo entregó, finalmente, ella a su amado emperador en su primera separación y fue de este modo como el clavel siempre acompañó a Carlos I.
El clavel, flor de pasiones, de sangre y de amor, era su forma de llevarla consigo. No era el crucifijo, ni la espada de Mühlberg, ni la bula de su elección imperial: era una flor roja, viva, que hablaba más que todos los retratos de Tiziano.
En su retiro de Yuste, rodeado de relojes, códices y melancolía, Carlos hablaba con los monjes más que con los cortesanos. Le dolían las piernas, los recuerdos, y quizá también las decisiones. Fue allí donde organizó su propio funeral en vida, ensayo lúgubre que presidió desde su propio féretro, entre cirios y cantos fúnebres, para acostumbrarse a la nada. Y aún así, en esa escenografía de muerte voluntaria, llevó el clavel como única rebeldía. Era amor, carne, memoria. Y quizás un poco de esperanza.
El 21 de septiembre de 1558, los frailes rezaban, los relojes marcaban la hora con solemnidad y el emperador expiraba, tranquilo. Aquel clavel, marchito al poco, quedó en la memoria de los presentes como el verdadero escudo de armas del emperador.
Y entonces, siglos después, cuando el mármol y las tumbas ya se han cubierto de polvo y olvido, el clavel regresa. No en una urna ni en un relicario, sino bordado con hilo moderno sobre una camiseta deportiva. En la nueva equipación de la selección española de fútbol, diseñada para la Eurocopa, el clavel de Carlos I reaparece, rojo y simbólico, sobre el pecho de los jugadores. Algunos lo verán como guiño folclórico, otros como anécdota estética. Pero hay quien, en mitad de un córner mal sacado o de una prórroga agónica, recordará que ese mismo clavel una vez descansó sobre el pecho de un emperador que gobernó medio mundo y acabó buscándose a sí mismo entre rezos, retratos… y flores.

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Sencillamente: me encanta, me relaja, y me informa. Gracias.
Gracias, Marcelino. La mejor forma de iniciar el domingo, es leyendo tus relatos, y este me ha encantado(Como todos)
Preciosa leyenda que quisiera poder releer si Dios quiere en Yuste, donde se nos figura verlo pasear por sus jardines