España vivió una guerra de sucesión para introducir a un Borbón en la corona. Estamos hablando de Felipe V, e quien se cuenta que durante una de sus crisis llegó a creer que era una rana. No metafóricamente. No como recurso poético. Una rana de estanque, aunque con corona y presupuesto público.
Felipe V, primer Borbón en el trono de España, llegó con el manual francés bajo el brazo y la promesa de modernizar un país que venía de exprimirse en guerras y decadencias varias. Pero claro, nadie le explicó que gobernar España no era exactamente lo mismo que pasearse por Versalles entre fuentes y jardines simétricos. Aquí había barro. Y, al parecer, también anfibios… al menos en su cabeza.
Porque el rey -que ya de por sí tenía una tendencia notable a la melancolía- empezó a deslizarse por una pendiente curiosa: la de las obsesiones. Y entre ellas, una especialmente llamativa. Felipe V estaba convencido, en ciertos momentos, de que era una rana. Así, sin matices. Un monarca anfibio.
No es que saliera a croar en los Consejos de Estado -aunque uno se pregunta cuánto habría cambiado la política si lo hubiera hecho-, pero sí mostraba comportamientos acordes con su nueva identidad. Rechazaba vestirse, evitaba el contacto social y se sumía en un estado que hoy llamaríamos depresión severa, con brotes delirantes. Otros lo llamarían trastorno bipolar. En el siglo XVIII, sin embargo, aquello se explicaba con diagnósticos más creativos y menos eficaces.
La escena, si uno la imagina, tiene su punto: la corte más poderosa de Europa, llena de ministros, embajadores y cortesanos… y en el centro, un rey que sospecha que pertenece más a un estanque que a un trono. No es exactamente la imagen de estabilidad que uno quiere proyectar cuando acaba de ganar una guerra de sucesión.
Aquí entra en juego Isabel de Farnesio, su segunda esposa, que probablemente merecería una estatua por paciencia histórica digna de canonización. Mientras el rey dudaba entre gobernar o buscar un nenúfar cómodo, ella se encargaba de mantener el timón del Estado. Porque alguien tenía que hacerlo, y claramente no iba a ser la rana.
Los médicos de la época hicieron lo que pudieron, que básicamente era probar de todo con la esperanza de que algo funcionara. Desde tratamientos físicos hasta intentos de distracción, pasando por recomendaciones que hoy nos sonarían a superstición elegante. Pero el problema no era el cuerpo del rey, sino su mente, y eso en el siglo XVIII era un territorio tan desconocido como América dos siglos antes.
Lo interesante no es tanto el episodio en sí -que ya tiene suficiente carga surrealista- como lo que revela. Felipe V no fue un caso aislado de excentricidad regia. Fue, más bien, un ejemplo extremo de algo bastante humano: la fragilidad. Solo que, en su caso, esa fragilidad llevaba corona y tenía consecuencias políticas.
Porque cuando el rey no está en condiciones de reinar, alguien ocupa ese espacio. Y en este caso, ese alguien fue Isabel de Farnesio, que gobernó con una determinación que ya quisieran muchos monarcas perfectamente convencidos de su humanidad.
Con el tiempo, Felipe V tuvo fases de recuperación y volvió a ejercer el poder de manera más o menos efectiva. Pero aquel episodio quedó como uno de esos momentos incómodos que la Historia no siempre sabe dónde colocar: entre la anécdota y el síntoma. Durante sus etapas de mejoría volvió a ocuparse del gobierno. También conservó el trono tras una guerra de Sucesión que España pagó perdiendo buena parte de sus dominios europeos: una victoria de esas que conviene no celebrar mirando demasiado la factura.
Sus crisis revelaron la fragilidad de una monarquía construida alrededor de una sola persona. Si esa persona no podía decidir, otros decidían por ella.
Al final, la historia de la rana no va solo de un rey que perdió pie -nunca mejor dicho-, sino de un sistema que dependía demasiado de una sola cabeza. Y cuando esa cabeza decide que es anfibia, todo el edificio tiembla un poco.
Porque la Historia, a veces, no la cambian grandes batallas ni tratados solemnes. A veces basta con que el hombre más poderoso de un país mire su reflejo… y vea una rana.

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