Cuando uno piensa en templarios, la mente viaja sola al imaginario colectivo de túnicas blancas con cruces rojas, tesoros ocultos bajo la Torre Eiffel y películas donde siempre hay un mapa secreto detrás de un cuadro renacentista. Pero antes de convertirse en protagonistas de novelas de aeropuerto, los templarios fueron una orden militar-religiosa bastante real, con pies en la tierra y espada en mano. Y sí: también pasaron por la península ibérica, aunque su historia aquí es menos de Hollywood y más de archivo medieval con olor a pergamino y humedad.

Corría el año 1118 cuando el noble francés Hugo de Payns fundó la Orden del Temple en Jerusalén. Su propósito era, sobre el papel, proteger a los peregrinos cristianos en Tierra Santa, aunque en la práctica también sabían abrirse paso entre infieles con notable eficacia. Su éxito fue tal que en pocas décadas acumulaban castillos, privilegios, inmunidades fiscales y una red de poder que ya la quisiera una multinacional. Y claro, cuando una orden se pone de moda en Europa, no tarda en extender sucursales: la Península Ibérica, sumida en la Reconquista, les venía como anillo al dedo.

Los templarios llegaron a Hispania a mediados del siglo XII. No venían a hacer turismo. Su misión aquí era ayudar en la lucha contra los musulmanes, colaborar con los reinos cristianos —especialmente Aragón y Castilla— y de paso asegurarse algunos señoríos, fortalezas y diezmos que nunca vienen mal. En el reino de Aragón se les recibió con los brazos abiertos: Alfonso I el Batallador les otorgó tierras y derechos, y a su muerte —sin hijos que recogieran el testigo—, legó su reino nada menos que a tres órdenes militares. Entre ellas, el Temple. Aragón se quedó patidifuso, naturalmente, y no hizo ni caso al testamento, pero el gesto quedó ahí como carta de presentación.

En Castilla, los templarios no tuvieron tanta influencia política, pero sí se les vio en campañas militares. Se les atribuye la defensa de enclaves como Monzón, en Aragón, o Jerez de los Caballeros, en Extremadura. Este último, dicho sea de paso, conserva el nombre porque, según la leyenda, allí se acuartelaban caballeros templarios. Pero ojo, con los templarios hay que tener cuidado: cada piedra vieja en España parece haber albergado un tesoro, una reunión secreta o un pasadizo que lleva al Santo Grial. Spoiler: en el 99% de los casos, lo que hay es humedad, murciélagos y muchas ganas de creer.

Pero como todo imperio que se precie, el Temple cayó por sus propios excesos. En 1307, Felipe IV de Francia decidió que los templarios ya no le convenían: eran ricos, autónomos y además le debían dinero, o al menos, eso era lo qué él decía, ya que en realidad era el deudor. Así que se inventó un juicio por herejía, sodomía, magia negra y lo que hiciera falta, y con la bendición del papa Clemente V —que era francés, qué casualidad—, disolvió la orden. En la península ibérica, el proceso fue menos cruel, aunque también se ejecutaron órdenes de arresto y confiscación de bienes. En Portugal, directamente, hicieron un “cambio de nombre”: los templarios pasaron a llamarse Orden de Cristo, y aquí no ha pasado nada. Los portugueses, como siempre, con una elegancia discreta pero eficaz.

Hoy, los templarios han pasado de ser monjes guerreros a protagonistas de rutas turísticas, novelas esotéricas y leyendas de Youtube. Y aunque su presencia real en la península fue breve —menos de dos siglos—, su legado sigue vivo entre piedras, documentos y mucha imaginación. Porque en el fondo, los templarios son lo que uno quiere que sean: soldados de Dios, banqueros medievales, mártires de la política o custodios de secretos. Lo cierto es que fueron un poco de todo… y mucho menos de lo que algunos quieren creer.

Pero claro, ¿quién quiere aburrirse con la historia cuando puede fabular con ella?


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