Antes que reina, fue heredera de un linaje formidable. Nieta del emperador Enrique II de Inglaterra y de la legendaria Leonor de Aquitania, hija del valeroso Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Plantagenet —la princesa anglonormanda que llevó los ecos de los trovadores a la corte castellana—, Berenguela no nació para el silencio. Gobernó sin corona y educó para la eternidad.
Si la historia tuviera algo de sentido del equilibrio —y no digamos ya de justicia poética—, Berenguela de Castilla tendría más estatuas que su hijo, más calles que los conquistadores, y un biopic serio que no la redujera a la etiqueta de “madre de Fernando III el Santo”. Pero no. Como tantas mujeres que sostuvieron los pilares del poder sin necesidad de sentarse en el trono, su figura quedó sepultada bajo las crónicas de los hombres a los que formó, asesoró y —no exageramos— salvó de la ruina política. Fue reina por días, regente durante años, estratega sin pausa, tejedora de pactos imposibles y autora intelectual de una de las unificaciones más decisivas de la historia peninsular. Ah, y madre de un santo. Que no es poca cosa, aunque lo digamos con ironía.
Lo que Fernando fue, lo fue por ella. Lo que logró, lo hizo con las enseñanzas, el control y la paciencia de una madre que nunca necesitó levantar la voz para imponer respeto. Mientras otros cabalgaban al grito de “¡por Castilla!”, Berenguela tejía acuerdos en silencio, firmaba con firmeza, y dejaba el ruido para los juglares. Gobernaba como quien reza: con convicción, con constancia y con los ojos bien abiertos. Porque gobernar, para Berenguela, era más un acto de vigilancia que de gloria. Lo hizo desde las sombras, sí, pero con el rosario en una mano… y la daga en la otra.
Nacida en 1180, cuando Castilla apenas empezaba a soñar con la unidad peninsular, Berenguela fue hija del rey Alfonso VIII —el de las Navas de Tolosa— y de Leonor de Plantagenet, hermana de Ricardo Corazón de León y descendiente directa de Guillermo el Conquistador. Con ese árbol genealógico, a cualquiera le temblarían las piernas o se le subiría la vanidad. Pero Berenguela tenía los pies plantados en la tierra. Desde niña entendió que el poder era algo que se heredaba, sí, pero sobre todo se trabajaba. Vivió rodeada de pactos, alianzas, matrimonios de Estado y las eternas fricciones entre Castilla y León, entre clérigos y cortesanos, entre Roma y la razón. Aprendió a hablar en términos de diplomacia, a pensar en clave de supervivencia, y a callar con una inteligencia que haría palidecer a muchos tratadistas de gobierno.
Cuando su padre decidió casarla con Alfonso IX de León, que era a la vez primo carnal y enemigo político, Berenguela no protestó. No estaba en su carácter ni en su siglo. La boda fue un episodio digno de una crónica bizantina: unión por conveniencia, sospechas cruzadas y, cómo no, la condena del papa Inocencio III, que encontró —¡sorpresa!— la consanguinidad insalvable después de haberla tolerado con otros tronos. Pero para entonces ya era tarde. Berenguela y Alfonso habían tenido cinco hijos. Entre ellos, Fernando.
Cuando Roma anuló el matrimonio, ella acató sin armar escándalo, pero tomó una decisión capital: no renunciaría al destino de su hijo. Lo llevó a Castilla, lo educó bajo su tutela directa, y lo apartó del influjo leonés. No era un arrebato maternal: era estrategia dinástica. Sabía que Castilla y León estaban condenadas a entenderse, y que esa unión no se lograría con lanzas, sino con sangre. Con su sangre.
En 1217, cuando su hermano Enrique I murió de forma absurda —dicen que por un golpe de teja—, Berenguela fue proclamada reina de Castilla. Y aquí demostró que el poder no le interesaba como símbolo, sino como herramienta. Abdicó casi de inmediato en su hijo Fernando, que contaba apenas dieciséis años. Pero lo hizo como quien entrega la corona sin soltar el timón. A partir de entonces, fue consejera, madre, regente en la sombra, y si se quiere, arquitecta de la nueva monarquía. Viajaba con él, elegía sus alianzas, filtraba a sus cortesanos, decidía con quién debía casarse y cómo debía actuar. Berenguela no gobernaba. Orquestaba. Y no necesitaba títulos para ello.
Cuando en 1230 murió su exmarido Alfonso IX, rey de León, muchos esperaban una guerra dinástica entre los hijos de un matrimonio anterior del monarca —Sancha y Dulce— y Fernando. Pero Berenguela tenía otros planes. Se sentó con las hijas del difunto, desplegó promesas, dotes y garantías, y consiguió que renunciaran pacíficamente a sus derechos. Sin una batalla, sin una intriga sangrienta, sin mártires. La España del siglo XIII empezó a existir gracias a esa negociación silenciosa. La unificación de Castilla y León no fue una gesta militar: fue un prodigio de política materna.
Y entonces, con el terreno preparado, Fernando conquistó. Córdoba, Jaén, Sevilla… La Reconquista avanzó con orden, y no poco aroma de santidad. Fernando era piadoso, sereno, justo, decidido. Gobernaba con fe, y combatía con dignidad. Pero nada de eso surgió de la nada. Lo llevaba impreso desde la infancia, tallado en la médula. Era hijo de Berenguela, y eso ya lo convertía en un proyecto de santo incluso antes de calzarse la armadura. No es exageración: fue canonizado en 1671. Y con él, sin saberlo, la memoria de Berenguela se coló de puntillas en la santidad ajena.
Murió en 1246 en el monasterio de Las Huelgas, lugar que había sido su refugio, su centro de poder, su retiro controlado. No dejó leyendas de milagros ni discursos apoteósicos. Pero dejó un reino unido, un hijo canonizado y una lección eterna: que se puede ejercer el poder sin trono, marcar el rumbo de un país sin espada, y educar a un santo sin necesidad de incienso. Que a veces, los verdaderos soberanos son los que no aparecen en la primera línea de los tapices.
Y por eso, aunque no tenga altar propio ni procesiones en su nombre, cada vez que se habla de Fernando el Santo, cada vez que se ensalza la unificación de Castilla y León, en el fondo, se está escuchando —aunque sea en voz baja— el eco persistente de Berenguela. La reina que no quiso reinar, pero que sostuvo el trono con más firmeza que nadie. La mujer que educó para la eternidad y gobernó para la historia.

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Muchas gracias Marcelino por estas maravillosas historias de la Historia que nos compartes. Ojalá los españoles amáramos más a nuestra propia historia y todo lo que en ella nos une.