José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, no nació ministro, pero casi. Lo de conde le llegó después, pero lo de cerebro político le venía de fábrica. Natural de Murcia, criado en la España borbónica del siglo XVIII, Floridablanca es de esos personajes que huelen a peluca empolvada, a gabinetes con mapas del mundo, a tinta sobre informes interminables… y a reforma ilustrada con gafas de miope y alma de equilibrista. Porque eso fue él: el gran equilibrista de una España que aún quería jugar en la liga de las grandes potencias sin saber muy bien en qué posición jugaba.
Como tantos otros políticos de su tiempo, Floridablanca empezó por la vía canónica: estudió leyes, despuntó como fiscal, fue ascendiendo gracias a su talento —y a un par de padrinos bien colocados, que aquí nadie sube solo—, hasta que un día Carlos III, que necesitaba un ministro de Estado con cabeza, lo eligió a él. Y ahí empieza el festival.
Floridablanca no era un revolucionario, pero sí un reformista con método. De esos que creen que se puede cambiar algo sin volar por los aires el mobiliario institucional. Que una monarquía absoluta puede ser más eficiente, más racional, más ilustrada… sin dejar de ser monarquía, por supuesto. Si fuera un software, Floridablanca sería una “actualización de sistema”, no una revolución. Pero vaya actualización: reorganizó la administración, modernizó la diplomacia, metió mano en la economía, en la educación y hasta en la sanidad. En su etapa se fundó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que suena a película de aventuras pero fue la primera campaña mundial de vacunación de la historia. Spoiler: salió bien.
Pero si algo marcó su mandato fue su obsesión por el orden y la información. Creó la Oficina de Estado, una especie de pre-Moncloa ilustrada, donde se analizaban informes, se trazaban estrategias internacionales y se intentaba que España no metiera la pata cada vez que Francia o Inglaterra estornudaban. Porque ese era otro tema: la política exterior. Floridablanca vivió tiempos turbulentos. La independencia de Estados Unidos, por ejemplo, que España apoyó —no por amor a la libertad, sino por fastidiar a los ingleses, que siempre da gustito—, o el estallido de la Revolución Francesa, que lo pilló ya mayor, cansado y con cara de “esto se va a ir todo al garete”.
Y efectivamente, se fue. Con la guillotina asomando en París, Floridablanca —que ya olía que los vientos revolucionarios iban a traer tempestades— se volvió conservador de repente. Donde antes decía “reformemos”, ahora decía “protejamos”. Y eso, sumado a enemigos varios, lo acabó sacando del poder. En su lugar llegó Godoy, el guapo favorito de la reina y de los franceses, y Floridablanca se fue a casa con una mezcla de dignidad y resignación, como un profesor jubilado que mira el patio del colegio y dice: “Esto ya no es lo que era”.
No fue un héroe romántico, ni un tirano, ni un genio incomprendido. Fue, simplemente, un hombre sensato en una época que empezaba a perder la sensatez. Alguien que intentó llevar a España hacia la modernidad sin romper con su tradición. Y eso, en un país tan dado a los bandazos y las exageraciones, es casi un milagro.
Murió en 1808, cuando las tropas napoleónicas entraban a saco por la península. Tal vez pensó, antes de irse, que todo su esfuerzo por racionalizar el Estado no había servido de mucho. Que España volvía a empezar otra vez desde el caos. Pero si hoy alguien recuerda que hubo un momento en el que la política española se parecía más a un gabinete ilustrado que a un circo romano, es gracias a personajes como Floridablanca. Un ministro con mapa, con método, y —aunque suene raro— con principios.
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Gracias, Marcelino. Cómo siempre, aprendiendo de tus publicaciones
Gracias Marcelino. Gran personaje. Increíble su red de espionaje y gestión diplomática. Recomiendo si aún no leído el libro “Caza al Convoy” de Rafael Torres Sanchez. De total actualidad con el 250 aniversario de la independencia de los EEUU y el papelón de España no reconocido.