Si uno piensa en la conquista de México, vienen a la mente los nombres de Hernán Cortés, Pedro de Alvarado o incluso el de Malinche, la intérprete que terminó convertida en símbolo. Pero hay nombres que se quedaron entre las rendijas del relato oficial, esos que no interesaban a los cronistas de la gloria viril. Uno de ellos es el de María Estrada, una mujer que no solo cruzó el Atlántico en los primeros años del siglo XVI, sino que se metió hasta la cintura en la selva, en el combate y en la historia.

María Estrada nació en Sevilla hacia finales del siglo XV. No sabemos exactamente cuándo ni en qué barrio, y eso ya nos da una pista: no era noble, no tenía escudo, ni familia influyente. Era una mujer del montón, pero de ese montón del que salían los temerarios. En algún momento se casó con Pedro Sánchez Farfán, un soldado que también tenía la temeridad por apellido. Juntos viajaron a las Indias, como tantos que soñaban con hacer fortuna antes de los treinta o morir en el intento.

Cuando Cortés inicia su expedición hacia el corazón del imperio mexica en 1519, María y su marido se suman al grupo. Se dice pronto: una mujer española, a pie, cruzando selvas, volcanes y ciudades que nadie en Europa había imaginado. Mientras las demás —pocas, pero había— se quedaban en la retaguardia, María marchaba con los soldados, dormía donde ellos dormían y luchaba cuando había que luchar. No hay hipérbole en esto: hay testimonios que la describen peleando con espada y rodela, al lado de su marido y, en ocasiones, sola.

¿Exageración? Puede. Pero hasta el cronista Bernal Díaz del Castillo, que no era precisamente feminista avant la lettre, se toma la molestia de mencionarla. Y eso es raro. En una obra de más de mil páginas, dedicada a ensalzar gestas y héroes, que se fijen en una mujer solo puede significar una cosa: era imposible no fijarse.

En la mítica Noche Triste, cuando los españoles tuvieron que huir de Tenochtitlán entre una lluvia de piedras y flechas, María estaba allí. No escondida, no en la retaguardia. Allí, combatiendo, cubriendo la retirada, según algunas fuentes salvando incluso la vida de su marido. Imaginad la escena: la ciudad arde, los guerreros mexicas no dan tregua, y en medio de todo, una mujer andaluza repartiendo estocadas entre los canales.

Y aún hay más. Tras la conquista, y gracias a su participación activa en las campañas, María Estrada recibe encomiendas, es decir, tierras y vasallos. Un honor reservado a los conquistadores de primera fila. Encomenderas, había muy pocas. Y menos aún que lo hubieran conseguido a golpe de acero.

Pero entonces, como suele ocurrir, el telón cayó. María desaparece del relato, se diluye en la niebla de los archivos virreinales. Murió, probablemente, en la década de 1530, lejos de Sevilla, en el actual sur de México, y más lejos aún del reconocimiento que merecía. Ni estatuas, ni calles, ni novelas de aventuras. Nada. Una sombra en los márgenes.

¿Y por qué? Porque encarnaba una contradicción incómoda. Una mujer que no solo viajaba sin permiso masculino, sino que además luchaba, mandaba y recibía tierras. María era demasiado libre, demasiado guerrera, demasiado real.

Y, sin embargo, ahí estuvo. Haciendo historia mientras otros la escribían.


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