Natural de Medellín, este tipo, nacido en 1485, era hijo de Martín Cortés y de Catalina Pizarro, es decir, más Pizarros de Extremadura, por si no teníamos bastantes. Antes de partir a América, estudió leyes en la Universidad de Salamanca.
Una vez ya en América, comenzó a hacer dinero a la sombra del gobernador de Cuba, un tal Diego de Velázquez (no el pintor, este era otro, pues el artista aún no había nacido).
Diego de Velázquez le encomendó una expedición con la que partió con unos 800 ó 1.000 hombres, es decir, 550 soldados, 200 indios y algunos esclavos negros. Unos cuantos cañones y 16 caballos era con todo lo que contaba. Así se adentró en el reinado de Moctezuma, pero con un problema añadido, y es que parte del contingente quería regresar a Cuba, y Cortés, ni corto, ni perezoso, mandó quemar la flota, es decir, no había vuelta atrás y esa imagen con las llamas de los barcos ardiendo acompañarían su imagen hasta la eternidad.

No muy lejos de la costa, comenzó a trabar alianzas con pueblos sometidos por la temida Tenochtitlan, y así conoció Cempoala, pero la más importante fue la alianza con Tlaxcala, y es que los tlaxcaltecas estaban realmente “quemados” con los mexicas, también denominados aztecas.
Mientras tanto, Moctezuma seguía con sus ofrendas para lanzar un claro mensaje, y es que no se iba a dejar amedrentar por esos barbudos malolientes que habían llegado desde no se sabe muy bien dónde. Estudios recientes basados en testimonios de la época, señalan que en un periodo de sequía, en 1485, es decir, 7 años antes de la llegada de Colón, los aztecas habían llegado a asesinar en ofrendas a cerca de 20.000 personas en solo 4 días. Eran múltiples y simultaneas las ofrendas y siempre existió debate de si era posible llegar a esa cifra en solo 4 días, pero parece ser que sí, que no tardaba más de 30 segundos por persona y al haber varios lugares de ofrenda, la cifra era asumible.
En Cholula, Cortés se olió una emboscada y fue él mismo el que terminaría haciendo un baño de sangre entre la nobleza cholulteca, lo cual facilitó el camino de los españoles hasta la capital azteca, que estaba en una isla comunicada por puentes levadizos. Sí, sí, lo que hoy es México DF, hace 5 siglos era una isla rodeada de aguas lacustres. Evidentemente, esas aguas han sido devoradas por la civilización y ya no queda nada de aquella isla. Los españoles quedaron maravillados por las infraestructuras de una capital que ya en aquel entonces contaba con 250.000 almas. Es importante señalar las cifras, y es que españoles, lo que se dice españoles con casco, con barba y con armas, eran 550, y aunque sus armas eran mejores, la cosa no es que estuviera equilibrada precisamente. Aun así, los españoles fueron recibidos fastuosamente después de su batalla en Cholula.

Cortés era el único que había pasado por la universidad y aquello le sirvió para entablar relaciones con multitud de pueblos que no podían con la cultura mexica, y es que estamos hablando posiblemente del pueblo más sanguinario y atroz que haya contemplado la historia. En estas negociaciones y buenas relaciones adquirió un papel importante la Malinche, también conocida como doña Marina, la amante aborigen y olmeca de Cortés en tierras mexicanas. Ella le sirvió de intérprete y le allanó el camino en innumerables ocasiones.
En cuanto a los sacrificios humanos, los monjes españoles llegaron a decir que las ofrendas que hacían los mexicas no las hacía con maldad. Los aztecas cogían al tipo que iban a sacrificar y le hacían una incisión en el pecho para extirparle el corazón. A continuación, le cortaban la cabeza y tanto el cuerpo como la cabeza eran arrojados desde lo más alto de la pirámide. En la base de la misma se les desmembraba y a continuación se separaban las diferentes partes de los cuerpos para ser cocinados y servidos en la mesa. Al emperador, chamanes y alta nobleza se les reservaba las palmas de las manos de los niños, un plato que para ellos era el caviar de la época. Sí, así se comportaban estos angelitos que tanto se reivindican en el s. XXI. Ojo, estos aztecas actuaban así porque lo tenían muy asumido en su cultura y consideraban que ese era el mejor de los comportamientos, pero reivindicar esto en el s. XXI es para hacérselo mirar.
Dicho esto, este es el paisaje que se encontró Cortés en la famosa Tenochtitlan. Vamos, para salir corriendo y no mirar atrás. Tampoco era fácil salir corriendo de una isla comunicada con puentes levadizos, de modo que Cortés, sin complejos, decidió secuestrar a Moctezuma, con el que convivió unos cuantos meses en el palacio de Axayácatl.
Pánfilo de Narváez, enviado por un desconfiado Diego de Velázquez, pronto selló pactos con Moctezuma, que aún conservaba un gran poder dentro de unos aztecas que flipaban con el trato que estaban dispensando a esos españoles advenedizos. En este punto, no obstante, la presencia española era delicada, puesto que había dos facciones, la de Cortés y la de Pánfilo. Hernán Cortés abandonó la ciudad, temerario de perder todo lo conseguido hasta ese momento. En su lugar dejó a un Alvarado que terminó neutralizando a los de Narváez dando así una victoria al lado extremeño. En cualquier caso, Cortés, por desobediencia, temía a su jefe, a Velázquez.
Ya con todos los españoles presentes unidos, Cortés regresó a la ciudad y mira por donde que se encuentra un paisaje dantesco. Parece ser que, ante una festividad mexica, Alvarado, bien temeroso o bien porque se viniera arriba, decidió masacrar a la población y nobleza mexica, y automáticamente, la presencia española allí ya no era bienvenida. La furia y el ataque mexica iba a ser inminente.
Ante el miedo y el asedio de los indígenas, Cortés sacó a la azotea del palacio a Moctezuma para clamar a sus súbditos, pero ni por esas. Los mexicas se cargaron de una pedrada a su emperador, ¡a tomar por c…!. Estaban hartos de Moctezuma, de los españoles y de la Iglesia Católica. Cortés estaba en un callejón sin salida y sin un Moctezuma que le sirviera como moneda de cambio.

Así, se planeó una salida, pero los mexicas se apostaron en los diferentes pasos. Aquello pasó a la historia como la “noche más triste”, y es que fueron muchos los españoles y tlasaltecas que perdieron la vida en aquella operación salida. Dicen que Cortés fue a llorar al día siguiente a la sombra de un ahuehuete, un árbol enorme típico de la zona y del cual hoy tenemos un ejemplar en El Retiro de Madrid (se dice que es el árbol más antiguo de Madrid).
Con todas y con esas, Cortés venció en la batalla de Otumba y regresó a Tlaxcala, donde fueron atendidos.
Hernán, viendo la fisonomía de Tenotitlan, diseñó un ataque anfibio a desarrollar en el lago Texcoco que rodeaba a la capital. Bergantines e infantería atacaron al unísono junto a innumerables aliados que les tenían ganas a los mexicas. Además, el desabastecimiento de la capital también hizo de las suyas.
Tras dos meses de asedio, el 13 de agosto de 1521 los españoles apresaron al último emperador mexica, un tal Cuauhtemoc, justo cuando trataba de huir. Durante 200 años aquella ciudad había sido una de las más fuertes de Mesoamérica, pero los españoles se hicieron con ella y actualmente en su lugar esta México DF. ¡Mucho ojo! Y es que los nativos que iban con Cortés se querían comer literalmente a los aztecas Los odiaban a muerte, pero el español evitó una película gore, de modo y forma que podríamos decir que gracias a Hernán Cortés surge lo que hoy conocemos como México.
Murió en 1547 cerca de Sevilla, en Castilleja de la Cuesta, y en su testamento dejó dicho que con su fortuna debía construirse un hospital en Nueva España, si bien otras fuentes señalan que murió en la pobreza. De hecho. Cortés fue el que construyó el primer hospital de América, siendo, además, el que convenció al emperador Carlos I para no considerar esclavos a los aborígenes americanos. Hoy, los restos de Cortés se encuentran en la capilla del hospital de Jesús Nazareno, un hospital fundado por él mismo y que a día de hoy sigue en funcionamiento. Aunque él siempre quiso descansar en Nueva España, quizás sea el momento de devolverle a su Medellín natal, y es que aunque el 99% de las tropas que entraron en Tenochtitlan eran mesoamericanas, es decir, del actual México, el relato a día de hoy es diferente y de hecho, en el 500 aniversario de la toma de la ciudad hubo que proteger la entrada a la capilla porque gañanes, lo que se dice gañanes, no faltan en estos momentos por aquellas latitudes, por lo que sí, no tengo claro que sus restos estén a salvo. Estamos hablando de los restos de un tipo que cambió el mundo, o como mínimo, esa zona del mundo.

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