En las guerras se suele hablar en tiempo real de las víctimas, de los muertos, de los dramas humanitarios, de los desplazados, de los refugiados. Pero más tarde, y que tampoco es baladí, también, se termina hablando de cosas como son el expolio, los robos, etc. La invasión napoleónica en España no fue una excepción y el destrozo que le hizo Francia a España fue mayúsculo y digno de ser recordado, pero sin olvidar que la relación actual con Francia es excelente y así debe seguir siendo.
El mayor ladrón fue el mariscal Soult. Ya venía de robar en otros países europeos, pero en España se quedó a gusto y recopiló 32 cuadros de Murillo, 28 de Zurbarán, 25 de Alonso Cano, 8 de Valdés Leal, 5 de Herrera el Viejo, 3 de Rubens, 2 de Roelas. No fue el único mando francés que hizo caja. Para resumir, de Madrid salieron 1.500 cuadros, de Sevilla 1.000, etc. Catedrales, iglesias, monasterios, palacios, castillos, etc, fueron despojados de las obras de arte que los franceses consideraban podían ser el pago por su paso por la península. La verdad es que no se cortaron. Los ladrones, aparte de Soult, fueron tipos como d’Amagnac, Caulaincourt, Dessolles, Eblé, Faviers, Lepereyre, Dupont, Belliard, Crochart o de la Porta.
Las joyas también fueron foco de su atención y la plata la fundieron para acuñar moneda. Yo, que personalmente trabajo en IE Business School, en nuestra universidad, en IE University, que tiene su sede en Segovia, estuvo en 1493 el Lignum Crucis que hallaron los Reyes Católicos en Granada, y que vino a Segovia, al Convento de Santa Cruz la Real, en una peana de plata hecha con la primera plata que vino de América. Pues bien, esa peana ya no existe porque los franceses la fundieron cuando este edificio fue cárcel en la que los franceses apresaban a los patriotas españoles. Y como este ejemplo, miles. Sí, sí, miles, ¡decenas de miles!
En el caso de las obras de arte, hoy están repartidas por el Louvre, el Hermitage, la National Gallery, y un largo etcétera de museos y colecciones privadas.
Pero no solamente el arte y las joyas fueron de interés galo. Antes de irse dejaron su sello en el icono de la España medieval, en los castillos. Cada vez que abandonaban un castillo que había servido como cárcel, como morada, como centro de operaciones, lo demolían. Así, dejaron destruidos o semiderruidos castillos como el de Brihuega, Cogolludo, Valparadís, Belmez, Belalcázar, Atalaya de Villena, Cifuentes, Ocamiolla, Fuerte de la Concepción, y un largo etcétera. Además, los ingleses, para defendernos de los franceses, decidieron igualmente demoler los castillos de Bajos, Bagur, Arcos y las Seis Torres de Arenys de Mar, ¡con un par!

Especialmente cruel fue el caso de la Alhambra. A José I le encantó el conjunto histórico y querría haber vivido en él de no ser porque la capital era Madrid. Los franceses al salir de Granada decidieron que, si no era para ellos, no era para nadie, y armaron un sistema de demolición para no dejar piedra sobre piedra. Poco conocida es la historia de un gran patriota llamado José García. Se trataba de un tipo era cabo del Cuerpo de Inválidos que quedó eso, inválido tras la Batalla de Bailén. Cuando los franceses ya se marchaban de Granada y comenzaron las explosiones en la Alhambra, vio por donde iba corriendo la llama del sistema de mechas y se tiró encima de ello para literalmente apagar el sistema con su propio cuerpo. Hoy podemos ver la Alhambra y la conocemos como la conocemos gracias a su acto heroico. ¡Un crack!
Aun así, las primeras explosiones destruyeron la Torre de los Siete Suelos, la Torre de la Carrera del Cabo, la Torre del Agua y así hasta diez torres, además de la Puerta de Elvira y el Palacio de los Abencerrajes. El Mariscal no era otro que el bueno de Soult. Le debió fastidiar dejar de escuchar las explosiones. Es igual, se llevaba joyas y obras de arte por miles. No quiso vender, jamás. Los que vendieron fueron sus hijos. Por las obras de arte sacaron la humilde cifra de 1.467.351 francos de la época. Hablamos de 1852. España recuperó algo, pero previo paso por caja, ¡una pena!
Por cierto, un médico, Fidel Fernández Martínez, delegado de Bellas Artes de Granada, consideró 123 años más tarde, es decir, en 1936, colocar una placa en memoria del cabo José García en la Alhambra. ¡Más que merecido! ¿Verdad?

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