Cartagena de Indias con Blas de Lezo resistió dos meses ante Vernon y sus 186 barcos, Numancia no resistió el asedio de Publio en el 134 a.C., la Granada de Boabdil aguantó un año el asedio cristiano, 14 meses se demoró el asedio de Felipe V ante los austracistas en Barcelona, Zamora no se ganó en una hora y tampoco en siete meses, dos meses tardó en caer Zaragoza ante Napoleón, pero no así Cádiz, que resistió dos años y medio, Madrid sucumbió al asedio nacional después de dos años y medio, y los nacionales resistieron tres meses ante los republicanos en el Alcázar de Toledo.

Personalmente, el asedio que más valoro, después de ver como el Covid 19 nos confinaba en casa, fue el de Baler en 1898-99, en la isla de Luzón, Filipinas, el único país católico de Asia gracias a España. El asedio duró 11 meses. Un grupo de soldados españoles, el Batallón de Cazadores, resistió ante el enemigo confinados en una pequeña iglesia de apenas 30 metros de largo por 10 de ancho.

Se enfrentaron a enfermedades como el beri-beri, la disentería, el hambre, la traición y el fuego enemigo. España se rindió en el Tratado de París de 1898 y la guerra continuó entre Filipinas y EEUU. Nunca creyeron que la guerra había terminado y siguieron confinados en una iglesia de reducido tamaño.

En principio, solo iban a estar cuatro meses defendiendo aquella posición. Al mando estaba el capitán Enrique de las Morenas, acompañado de dos tenientes, el medico Rogelio Vigil de Quiñones, un cura y unos soldados que, en total, sumaban 54 hombres contándolos a todos. Desde una playa cercana, a 750 metros de distancia, habían recibido víveres para cuatro meses gracias al barco Don Juan de Austria. Lo único era el pan, para el cual consiguieron hacer un horno con las propias baldosas de la iglesia, ya que harina tenían. El agua la consiguieron gracias a un pozo que excavaron encontrando el líquido elemento a cuatro metros y medio de profundidad. Armas tenían, y más cuando descubrieron dos viejos cañones abandonados a modo de decoración, pero que, curiosamente, pudieron hacer funcionar.

Aquella iglesia les sirvió de todo, siendo prisión militar el baptisterio, el patio trasero hizo de corral y cementerio y, en definitiva, vivieron casi un año con malas condiciones higiénicas, humedad y hacinamiento. Al médico se le sigue estudiando a día de hoy gracias a que trató el beri-beri con hierbas del lugar, y es que la falta de vitamina B1 era acuciante. Bueno, la falta de todo, porque, si bien al principio renunciaron a comerse un caballo, terminaron por comer bichos, perros, hierbas y todo lo que pillaron.

Iglesia de Baler

Para evitar ser sobrepasados por una puerta principal un tanto desvencijada, construyeron un terraplén interno que dio más consistencia a la entrada. Aguantaron asaltos, cañonazos, hambre, pero quien de verdad diezmó a los españoles fueron las enfermedades. El beri-beri se llevó por delante a un teniente, al cura Carreño y al capitán de las Morenas. El relevo lo tomó el teniente Saturnino Martín Cerezo, un tipo tan aguerrido como desconfiado. Este suboficial hizo frente a traidores (llegó a fusilar a un cabo y a un soldado siguiendo el código militar en favor del resto de sitiados), hizo frente a un oficial filipino llamado Calixto Villacorta y al que, básicamente, le comió la moral, e hizo frente a todo aquel, español o filipino, que trató de convencerle de que la guerra entre España y Filipinas había terminado con la retirada del ejército español. Es más, los frailes Minaya y López, lejos de convencerles, se sumaron a aquella locura de resistencia. Dura fue la deserción del soldado Jaime Caldentey, que incluso facilitó a los filipinos dibujos del interior de la iglesia.

Se llegó incluso a desbaratar un intento de aproximación de unos cañones filipinos de una forma totalmente heroica, y es que los francotiradores españoles eran muy precisos.

Iglesia de Baler

En cualquier caso, la respuesta de estos tipos siempre fue la misma, “¡preferimos la muerte a la deshonra!”. Eran más duros que una infancia en Siria.

Justo cuando estaban ya sin nada, en un momento en el que estaban planeando un loco plan de huida, el teniente Martín Cerezo, sin poder dormir, hojeó uno de los supuestos falsos periódicos que les habían llevado con el objetivo de hacerles deponer las armas. Una noticia secundaria le llamó la atención. Un amigo suyo que estaba destinado en Cuba había sido destinado a Málaga, justo adonde siempre le dijo querer ir. Aquel periódico no podía ser una falsificación.

Sólo cuando fueron conscientes de que la guerra había terminado tras leer aquella noticia de ascensos militares, decidieron abandonar la iglesia 337 días después.

El presidente filipino, Emilio Aguinaldo, mandó rendirles honores ante la sorpresa de los suboficiales y soldados españoles que habían sobrevivido, 33 en total. Los españoles negociaron aquella salida, ya que se habían cepillado a unos 700 filipinos. ¡Brutal! Cuando llegaron a la zona del bando norteamericano les recibieron con la Marcha Real. Ese día los diarios de medio planeta abrían sus portadas con la gesta de estos 33 héroes que días más tarde llegaron a Barcelona primero y a Madrid después.

Fueron recibidos con honores a su a llegada España. No fue ese el trato del cine a estos últimos de Filipinas, en donde los oficiales aparecían como asesinos despiadados y el cura como adicto a las drogas.

Aunque el cine español no haya estado a la altura de estos 54 hombres, en otras latitudes se han tomado el tiempo de traducir todo lo escrito por el teniente Martín Cerezo y hoy, todo ello, forma parte del cuerpo académico de la formación en West Point de EEUU, en la Academia Militar francesa de Saint Cyr, en la Academia Militar rusa de Frunze, y por supuesto, en la Academia Militar de Zaragoza. Estos hombres, en West Point, se estudian como ejemplo de valores, disciplina, resiliencia, trabajo en equipo y consecución de objetivos en circunstancias dramáticas.

Tropas filipinas en Baler

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