A comienzos del siglo XVII, Corral de Almaguer no era una población cualquiera dentro de los dominios de la Orden de Santiago. Su encomienda figuraba entre las más ricas e importantes de la zona del Tajo vinculada al priorato de Uclés. Sus extensas tierras, dedicadas a la agricultura y la ganadería, incluían desde 1241 la localidad de Lillo y, durante algún tiempo, también Villanueva. Su relevancia era comparable a la de encomiendas tan poderosas como Villamayor o Campo de Criptana.

Esa riqueza explica que su gobierno fuera confiado a personajes de considerable peso político. Entre sus comendadores estuvieron Álvaro de Sande, gobernador de Milán y primer marqués de la Piovera; Íñigo de Cárdenas Zapata, presidente del Consejo de Órdenes, y José de Acuña, embajador de Felipe II en Saboya. A comienzos del siglo XVII, la encomienda estaba en manos de Baltasar de Zúñiga, uno de los grandes diplomáticos del reinado de Felipe III y figura fundamental en el ascenso político del conde-duque de Olivares. Zúñiga fue comendador de Corral hasta 1609, aunque sus obligaciones diplomáticas lo mantuvieron lejos de la villa durante buena parte de ese periodo.

La distancia del comendador no significaba que la Orden perdiera el control sobre sus posesiones. Para vigilar el funcionamiento de cada encomienda existían las visitaciones: inspecciones minuciosas que examinaban desde la conducta de sus administradores hasta el estado de iglesias, fortalezas, hospitales, ermitas, molinos, hornos, tierras, viñas y huertas. Los visitadores revisaban también las rentas, los impuestos, los límites municipales y el cumplimiento de las órdenes dictadas en inspecciones anteriores. Incluso escuchaban públicamente las quejas de los vecinos.

El 2 de diciembre de 1603 llegaron a Corral de Almaguer los visitadores Alonso de Cerecedo y Gómez Velázquez, acompañados por los escribanos Bartolomé de Larrazpuru y Juan Gutiérrez. Procedían de Cabezamesada y fueron recibidos por los regidores Pedro Briceño Espinosa, Pedro Vázquez del Águila y Antonio de Ayllón Nevares, además del alcalde ordinario Pedro Clemente Gasco. Su presencia se anunció mediante un pregón en la plaza y, a la mañana siguiente, comenzó la inspección de la iglesia parroquial.

El templo, dedicado a Nuestra Señora de la Asunción, estaba formado por tres naves con paredes de cantería. Tanto la capilla mayor como las laterales se encontraban cubiertas por bóvedas también de piedra. No era únicamente un espacio religioso: sus capillas reflejaban la posición social, la devoción y la memoria de algunas de las principales familias de Corral.

La capilla de los Collados, cuyo patrono era Juan Collado, tenía un retablo de madera dorada presidido por santa María Magdalena. Otra había sido fundada por el comendador Francisco Juárez y albergaba un pequeño Calvario. La vinculada a Juan de Ayllón, comendador de Corral entre 1478 y 1480, poseía un retablo con la imagen de la Inmaculada Concepción. También estaban las capillas de Martín Gasco, maestrescuela de Sevilla, y del doctor Briceño, cuyo retablo representaba la Asunción de la Virgen rodeada por cuatro ángeles y coronada por la figura de Cristo.

El retablo mayor, igualmente dorado, estaba presidido por Nuestra Señora de la Asunción. Sobre ella aparecía el Crucificado y alrededor se distribuían distintas escenas sagradas pintadas. Había además altares dedicados a san Felipe y Santiago, san Roque y Nuestra Señora de la O. Este último estaba relacionado con una cofradía que celebraba su fiesta los sábados en la capilla del Comendador Francisco Juárez.

La inspección del Santísimo Sacramento se realizó con especial solemnidad. Los visitadores se revistieron con sus hábitos y comprobaron que se conservaba dentro de un sagrario de talla dorada, instalado en el retablo mayor. El relicario era de plata, estaba protegido por un cobertor y permanecía dentro de otra pieza forrada de terciopelo carmesí. En la capilla bautismal encontraron también una alacena en la que se guardaban correctamente los libros de bautismos y matrimonios.

Pero donde la riqueza parroquial se hacía verdaderamente visible era en el inventario de la plata. La pieza más impresionante era una gran cruz dorada, labrada “a lo romano”, decorada con esmaltes y figuras talladas. Pesaba cuarenta y siete marcos, aproximadamente once kilos, y había sido realizada unos doce años antes para sustituir a otra de menor tamaño. A ella se sumaban dos cruces de plata blanca, una custodia dorada adornada con hábitos de Santiago y veneras, numerosos cálices, patenas, incensarios, vinajeras, coronas, crismeras, cetros y candeleros.

El inventario permite imaginar una iglesia llena de color. Se registraron diecisiete casullas confeccionadas en damasco, terciopelo, brocado y raso; doce dalmáticas; varias capas, frontales de altar, paños, mangas de cruz, palios, albas y sobrepellices. Algunas piezas estaban ya muy gastadas, mientras que otras habían sido adquiridas desde la visita anterior, señal de que el patrimonio parroquial continuaba creciendo.

También poseía una notable colección de libros litúrgicos: dominicales, santorales, misales, un breviario romano y varios volúmenes de canto de órgano con misas y motetes. Había cuatro campanas principales -una de ellas utilizada como reloj-, otras menores para los altares y la salida de misa, confesionarios, bancos, facistoles, arcas y unas andas de talla dorada destinadas a transportar el Santísimo.

Francisco Carrasco, presbítero y mayordomo de la iglesia, y el sacristán Alonso López Zarco juraron que todos aquellos bienes pertenecían a la parroquia. Sus declaraciones cerraban una fotografía extraordinariamente precisa de la vida religiosa corralera. La visita de 1603-1604 revela así mucho más que una acumulación de objetos. Muestra una villa próspera, integrada plenamente en la estructura de la Orden de Santiago y orgullosa de su iglesia. Cada cruz, retablo, capilla y libro habla de sus comendadores, sacerdotes, cofradías y familias principales. En aquellos años de Felipe III, mientras la Monarquía Hispánica extendía sus redes diplomáticas por Europa, Corral de Almaguer también construía su propia grandeza: una grandeza de piedra, madera dorada, terciopelo y plata.


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