Hay asedios que duran unas semanas. Los más famosos, unos meses. Los realmente excepcionales pueden prolongarse durante un par de años y acaban llenando capítulos enteros en los libros de Historia.

Y luego está Ceuta.

Porque alguien tuvo la brillante idea de intentar conquistarla durante treinta y tres años.

No es una exageración literaria.

Entre 1694 y 1727, aunque con interrupciones y periodos de distinta intensidad, Ceuta soportó el llamado Sitio de los Treinta y Tres Años, uno de los ciclos de asedio más prolongados de la historia. Para hacerse una idea, un niño nacido cuando comenzó podía haber formado una familia antes de que terminara. Mientras Europa cambiaba de reyes, libraba guerras y firmaba tratados, en Ceuta la rutina era más sencilla: abrir los ojos, comprobar si continuaban disparando desde fuera de las murallas y responder educadamente con la artillería.

Todo comenzó cuando el sultán alauí Muley Ismail decidió conquistar Ceuta.

Y aquí conviene hacer una precisión. No pretendía «recuperar» una ciudad que hubiera pertenecido a su dinastía. Cuando Portugal conquistó Ceuta en 1415, los alauíes todavía tardarían más de dos siglos en alcanzar el poder. Muley Ismail gobernaba el sultanato de Marruecos y estaba construyendo un Estado mucho más fuerte, además de expulsar a las potencias europeas de varias posiciones de la costa norteafricana. Ceuta era el siguiente premio.

El problema apareció cuando intentó cobrarlo.

La ciudad había permanecido bajo soberanía portuguesa desde 1415, pero cuando Portugal se separó de la Monarquía Hispánica en 1640, Ceuta permaneció fiel a Felipe IV. En el Tratado de Lisboa de 1668, Portugal reconoció finalmente la soberanía española sobre la plaza.

Veintiséis años después apareció Muley Ismail.

Y llegó con paciencia.

Mucha paciencia.

Ceuta no era una ciudad cualquiera. Sus murallas, baluartes y fosos convertían cualquier ataque terrestre en una tarea bastante más complicada de lo que parecía sobre el papel. Además, tenía una ventaja fundamental: podía ser abastecida por mar. Mientras siguieran llegando barcos desde la península, entrarían hombres, víveres, pólvora y refuerzos.

Los sitiadores podían dominar el campo exterior.

Pero aislar completamente Ceuta era otra historia.

Durante años hubo bombardeos, asaltos, trincheras, minas, contraminas y escaramuzas. Los defensores reparaban fortificaciones mientras los sitiadores levantaban posiciones cada vez más permanentes. Aquello terminó pareciéndose menos a un asedio medieval y más a una urbanización con artillería.

Y, por si faltaba algo, Europa decidió complicar todavía más la situación.

En 1701 estalló la Guerra de Sucesión Española. Tres años después, una flota anglo-neerlandesa tomó Gibraltar, precisamente uno de los puntos fundamentales para las comunicaciones de Ceuta. La posición española en el Estrecho se volvió mucho más delicada y los británicos llegaron incluso a colaborar con la presión sobre la plaza.

Si alguna vez hubo un buen momento para perder Ceuta, probablemente fue aquel.

Pero no cayó.

La ciudad soportó el asedio mientras la propia Monarquía Hispánica discutía quién debía sentarse en el trono. No deja de tener mérito conservar una plaza africana cuando en casa todavía no se han puesto de acuerdo sobre quién es el rey.

Y todavía quedaba guerra.

En 1720 Felipe V envió una gran expedición dirigida por el marqués de Lede, que consiguió romper el cerco y obligar a las fuerzas sitiadoras a retirarse. Parecía el final.

No lo era.

Tras la retirada posterior de buena parte de aquellas fuerzas españolas, las tropas de Muley Ismail regresaron y el asedio se reanudó en 1721.

Otros seis años.

Finalmente, en 1727 murió Muley Ismail. La crisis sucesoria que estalló entre sus hijos hizo bastante más urgente decidir quién mandaba que seguir intentando conquistar Ceuta. Las fuerzas sitiadoras abandonaron sus posiciones y el larguísimo ciclo de asedio llegó a su fin.

Ceuta seguía siendo española.

La conclusión resulta casi cómica: treinta y tres años de campañas, trincheras, cañonazos, muertos y fortificaciones para dejar el mapa prácticamente como estaba.

Aunque la ciudad sí había cambiado. El asedio reforzó su carácter militar, obligó a reconstruir numerosos edificios y aceleró la desaparición de buena parte de sus antiguos rasgos portugueses. Ceuta salió de aquellos treinta y tres años más española de lo que había entrado.

Hay ciudades que presumen de haber sobrevivido a un gran asedio.

Ceuta puede presumir de algo bastante más difícil: conseguir que el enemigo envejeciera sitiándola.

Y hay una última ironía. Muley Ismail no perdió Ceuta, porque Ceuta nunca había sido suya. Pero pasó buena parte de su larguísimo reinado intentando conquistarla.

Murió él.

Ceuta siguió allí.

Y luego, tenemos a imbéciles en 2026 – algunos con el cargo de ministro- que afirman rotundamente que Ceuta hay que devolvérselo a Marruecos. No nos pasan más cosas no sé por qué.


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