Si uno va a nacer ilegítimo, mejor hacerlo con estilo. Y estilo, lo que se dice estilo, no le faltó a don Juan de Austria, también conocido por su nombre de pila menos glamuroso: Jeromín. Porque sí, antes de ser el azote de turcos, adalid de la cristiandad y rompecorazones de las cortes europeas, nuestro protagonista era un niño medio escondido en una casa de campo, con una madre que nadie quería nombrar, la cantante germana Bárbara Blomberg y un padre que resultó ser el mismísimo Carlos I de España y V Alemania, emperador del Sacro Imperio y coleccionista de territorios.

El chico creció ajeno a su linaje imperial, aunque lo de “ajeno” es un decir: cuando tienes a media nobleza llevándote regalos y un tutor que parece más un mayordomo real que un educador, sospechas. La historia cuenta que el bueno de Jeromín descubrió su origen cuando ya era mozo hecho y derecho, en un episodio digno de telenovela venezolana: “Por cierto, hijo, tu padre no es el hortelano. Es el Emperador de medio mundo.” Shock, drama, fanfarria.

Presentación de don Juan de Austria al emperador Carlos V en Yuste, Eduardo Rosales, 1869

Con el tiempo, su hermanastro Felipe II -el mismo que hablaba poco y firmaba mucho- decidió sacarlo del anonimato y meterlo en la corte, aunque sin pasarse: nada de títulos reales ni herencias incómodas. Eso sí, Felipe lo nombró don Juan de Austria, que suena regio, y le dio permiso para mandar ejércitos, barcos y alguna que otra indirecta a las damas de la corte.

Y así llegó la guerra.

Don Juan de Austria tenía carisma, barba perfectamente recortada y una habilidad innata para posar heroicamente frente a lienzos futuros. Pero también tenía hambre de gloria. ¿Y qué mejor sitio para encontrarla que en el Mediterráneo, contra los turcos otomanos, que llevaban años jugando a ver quién tenía más galeras?

La oportunidad perfecta se presentó en 1571, con la llamada Liga Santa: un club exclusivo formado por España, Venecia y el Papado, con una agenda clara: destruir la flota otomana, salvar a la cristiandad y, de paso, sacar pecho en los retratos. Allí, en Lepanto, don Juan se plantó como comandante en jefe con apenas 24 años. Porque en el siglo XVI no hacía falta experiencia: bastaba con nobleza, valentía y un buen escudo de armas.

La batalla fue una carnicería marítima con estilo renacentista. Cañones, espadas, galeras chocando, remeros maldiciendo. Pero don Juan supo mover sus piezas como un experto jugador de ajedrez enfadado: mantuvo la línea, rompió el centro otomano y logró una victoria tan rotunda que hasta Miguel de Cervantes -el soldado escritor- la recordó toda su vida como “la más alta ocasión que vieron los siglos”.

Tras Lepanto, don Juan de Austria fue el hombre del momento. Las ciudades lo recibían con arcos triunfales, las damas suspiraban y los embajadores informaban a sus reyes que aquel bastardo tenía más carisma que media nobleza junta. Pero claro, la gloria es volátil y las intrigas palaciegas, persistentes.

Felipe II, que tenía un talento sobrenatural para desconfiar de todo lo que respiraba, empezó a verle como una amenaza. O al menos, como alguien que no obedecía sin preguntar. Lo mandó a Flandes -el Vietnam del Imperio español- con la excusa de pacificar la zona. Don Juan, siempre dispuesto, se fue encantado… hasta que descubrió que pacificar Flandes era harto difícil.

Entre cartas sin respuesta del rey, enemigos por todas partes y una corte que ya no lo aplaudía tanto, don Juan fue apagándose. Murió en Namur en 1578, con apenas 31 años. Oficialmente, de tifus. Extraoficialmente, de tristeza, desilusión y falta de WiFi real.

La historia lo recuerda como un héroe romántico, una figura envuelta en mitos, retratada siempre con gesto altivo y mirada al horizonte, como quien sabe que será portada. Su vida fue breve, intensa y con banda sonora de laudes y cañones. Un bastardo convertido en leyenda. Porque si hay algo que don Juan de Austria supo hacer mejor que guerrear, fue vivir como si cada día fuera un capítulo de una novela histórica con título en latín y prólogo innecesariamente largo.

Escudo de armas de don Juan de Austria

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