Pedro de Zubiaur era marino. Vasco, además, que en el siglo XVI casi funcionaba como una certificación de origen para navegar por medio mundo. Pero, sobre todo, tenía una virtud escasa en cualquier administración, de entonces y de ahora: cuando había un problema, no convocaba una reunión. Lo resolvía.

Tras el desastre de la Gran Armada de 1588, cientos de supervivientes españoles habían quedado dispersos por las costas de Irlanda y Escocia, en territorios donde los ingleses no estaban precisamente organizando un programa de acogida para náufragos enemigos. Muchos sobrevivían como podían, esperando una ayuda que, como suele ocurrir en estos casos, llegaba con la velocidad habitual de la burocracia.

Zubiaur decidió no esperar.

Su misión consistía en rescatar a aquellos hombres antes de que el hambre, el frío o los soldados ingleses resolvieran definitivamente el problema. Un plan sencillo sobre el papel. Solo había un pequeño inconveniente: había que navegar por aguas controladas por el enemigo, desembarcar donde convenía, embarcar a cientos de hombres y salir de allí sin dejar demasiadas oportunidades para que los ingleses expresaran su desacuerdo.

Y lo consiguió.

Rescató alrededor de quinientos supervivientes. No es una cifra menor, sobre todo porque no hablamos de recoger bañistas despistados, sino de sacar soldados derrotados de territorio hostil mientras el enemigo seguía vigilando la zona.

Pero ya que estaba allí, decidió que el viaje merecía amortizarse.

Además de los hombres, recuperó la artillería de la nao Nuestra Señora del Rosario, uno de los barcos capturados por los ingleses tras quedar inutilizado durante la campaña. Porque, puestos a regresar, hacerlo con quinientos soldados y varios cañones siempre justificaba mejor el combustible… o, mejor dicho, el viento. Hasta aquí, una operación brillante.

El problema llegó después, cuando alguien reparó en un detalle insignificante: Zubiaur no parecía disponer de todas las autorizaciones necesarias para hacer semejante operación. Siempre hay alguien.

Mientras unos se juegan la vida entre costas enemigas, otros comprueban si el formulario correspondiente llevaba la firma adecuada. La historia cambia de escenario, pero algunos personajes permanecen inmutables.

Cuando le pidieron explicaciones, Zubiaur respondió con una tranquilidad admirable que actuaba con autorización de la reina Isabel I de Inglaterra. ¡Nada menos! ¡Con un par! La afirmación tenía un pequeño inconveniente: Isabel I no había mostrado nunca un entusiasmo especial por facilitar el rescate de soldados españoles ni por devolverles sus cañones. Más bien dedicaba bastantes recursos a impedir exactamente eso.

Pero Zubiaur entendía muy bien cómo funciona el mundo. Muchas veces una afirmación dicha con absoluta seguridad tarda bastante en ser discutida. Y, para entonces, él ya había terminado el trabajo No sabemos cuánto duró aquella ficción administrativa. Lo suficiente.

Lo realmente interesante no es solo el ingenio de la respuesta, sino lo que revela sobre el funcionamiento real de la Monarquía Hispánica. Solemos imaginar la Historia como una inmensa maquinaria perfectamente coordinada: el rey ordena, los consejos ejecutan y todos obedecen con precisión casi matemática. La realidad era bastante menos elegante.

Con frecuencia las cosas salían adelante porque alguien, lejos de la corte, tomaba decisiones sin esperar instrucciones, resolvía problemas que nadie había previsto y, si después llegaban las preguntas incómodas, ya encontraría alguna explicación razonable. O al menos suficientemente convincente.

Pedro de Zubiaur no salvó la mal llamada Armada Invencible. No convirtió una derrota en una victoria ni alteró el resultado de la campaña. Pero sí hizo algo mucho más útil para quienes seguían vivos: rescató centenares de hombres, recuperó material valioso y demostró que incluso dentro de un desastre siempre hay espacio para la competencia. Y también para el descaro.

Porque la Historia no solo la escriben los grandes estrategas. También la escriben quienes aparecen después para arreglar los destrozos. Los que improvisan, los que toman decisiones sin esperar el visto bueno de siete consejos distintos y los que, llegado el caso, descubren que la mejor autorización es aquella cuya inexistencia nadie ha tenido tiempo de comprobar.

Cosas de Zubiaur. Y, visto lo visto, bastante más eficaces que muchas autorizaciones auténticas.


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