Hubo un tiempo en que los españoles no tenían problemas de autoestima. Más bien al contrario. Si algo les faltaba, era modestia. Y de ahí nació uno de esos dichos que resumen toda una época en una sola frase: “Si Dios no fuese Dios, sería rey de España… y el de Francia, su cocinero”. No es solo una boutade; es prácticamente un programa político con forma de chascarrillo.
Para entenderlo hay que situarse en ese momento en el que la Monarquía Hispánica no cabía en los mapas. Siglo XVI, principios del XVII: territorios en Europa, en América, en Asia… Un imperio donde, como bien se decía, no se ponía el sol. Y claro, cuando uno ve que gobierna medio mundo, empieza a pensar que lo siguiente lógico es organizar también el cielo.
La frase, que hoy nos suena a exceso de confianza con ribetes cómicos, tenía entonces bastante sentido… o al menos eso creían quienes la repetían con entusiasmo. Porque si el rey de España mandaba en tantos territorios, tenía los ejércitos más temidos y controlaba buena parte de las riquezas del mundo conocido, ¿por qué no iba a estar justo por debajo de Dios en la jerarquía universal? Era una cuestión casi de lógica… una lógica bastante española, eso sí.
Y luego está lo del rey de Francia como cocinero. Aquí ya entramos en terreno fino. Porque no basta con elevarse a uno mismo; también conviene colocar al vecino en su sitio. Francia, rival habitual, potencia emergente y eterna piedra en el zapato, quedaba reducida en el dicho a una función doméstica. No cualquier función: cocinar. Que no deja de ser útil, pero claramente subordinada.
La ironía, claro, es que la Historia tiene un sentido del humor bastante desarrollado. Porque mientras en España se repetía el dicho con cierta convicción, Francia iba afinando su maquinaria política, económica y cultural. Y, con el tiempo, acabaría siendo precisamente Francia la que marcaría las reglas del juego en Europa… incluidas las de la cocina, todo hay que decirlo.
Pero volvamos al momento en que la frase tenía pleno sentido. No era solo propaganda; era también una forma de explicar el mundo. En una época profundamente religiosa, donde el poder se entendía como algo concedido por Dios, colocar al rey de España justo debajo del Creador era casi una extensión natural del discurso. No era soberbia —o no solo—; era también teología política.
Eso sí, la frase tiene ese toque español tan reconocible: mezcla de grandeza, ironía involuntaria y una ligera tendencia a venirse arriba. Porque una cosa es gobernar medio mundo… y otra muy distinta es organizar el cielo. Pero puestos a exagerar, ¿por qué no hacerlo bien?
Con el paso del tiempo, el dicho fue perdiendo vigencia. El imperio se encogió, las certezas se diluyeron y España tuvo que empezar a convivir con la incómoda idea de que no siempre iba a ser el centro del universo. Francia, por su parte, dejó de ser “el cocinero” para convertirse en el chef principal de Europa durante buena parte del siglo XVII y XVIII.
Y, sin embargo, la frase sigue teniendo algo fascinante. No por lo que dice literalmente, sino por lo que revela: una mentalidad, una época y una manera de entender el poder. Esa en la que no bastaba con ser el más fuerte; también había que parecerlo… incluso en los dichos populares.
Porque la Historia no solo se escribe en tratados y batallas. También se cuela en frases aparentemente inocentes que, sin quererlo, retratan mejor que ningún documento oficial las aspiraciones —y los excesos— de toda una época.
Y quién sabe. Tal vez, en el fondo, aquel dicho no era tanto una afirmación… como un deseo dicho en voz alta. Aunque, como suele ocurrir, la realidad tenía otros planes.
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