Nacido en Roma en 1545, rápidamente atrajo la atención de la corte española. Era hijo de Octavio Farnesio (duque de Parma y Piacenza) y Margarita, hija de Carlos I de España y V de Alemania. Era, por tanto, sobrino de Felipe II. Naciendo donde nació, estaba destinado a ser alguien clave en las buenas relaciones con Nápoles y Sicilia, pero no quiso heredar el ducado de Parma por aburrimiento.
Dado que fue amigo de don Juan de Austria, estuvo con él en Lepanto. Su papel fue secundario, pero allí, el chaval aprendió en el mejor escenario bélico imaginable. Fue más tarde, en el mar Jónico, en donde se hartó de abordar cuantiosas naves turcas, saliendo, incluso, de más de una emboscada.
Felipe II le situó en tierra hostil, en los Países Bajos. No le destino Felipe sino Juan de Austria. ¡Con amigos así, para qué quieres enemigos! Lo llevó allí para sofocar las revueltas de lo que hoy son belgas y neerlandeses. Así, Gembloux y Limburgo fueron recuperadas.
Al morir Juan de Austria, Alejandro solo tenía 34 años y Felipe II no quiso pasarle el marrón de este frente, al menos al 100%. La parte política estuvo bajo responsabilidad de su madre, Margarita, y él sí que estuvo al frente en el plano militar. Ambos, contra pronóstico, se llevaron bastante mal. Por su parte, cohesionó a los diferentes tercios bajo su persona y azuzó a los nobles locales, lo cual le sirvió para ir tomando una ciudad tras otra. Brutal fue la toma sangrienta de Maastricht, ofreciendo una imagen de determinación que acojonó bastante en aquella época. A continuación, y sacando a relucir su diplomacia, incorporó Tournai, Malinas, Brujas, Bruselas, Gante y alguna que otra ciudad más, ofreciendo perdón y restableciendo el orden para consolidar la Unión de Arrás, leal a Felipe II.
Así, hasta tomar Amberes en 1585. Para ello, sitió a la ciudad durante un año, cortándole el acceso al río Escalda. Los flamencos salieron escaldados, ya que la ciudad era inexpugnable por tierra y se abastecía a través del rio. El ingenio de Farnesio consistió en crear un puente flotante de 800 metros en el que se unieron barcazas ancladas en el rio por medio de cadenas y maderas. Encima de ellas Farnesio colocó torres de vigilancia y barreras defensivas para evitar ser atacados por otros barcos. El rio Escalda, además, es ancho y tiene mareas, lo cual dificultaba la logística. Fue una obra de ingeniería sin precedentes en pleno s. XVI. No en vano, holandeses e ingleses enviaron a sus “hellburners” (una especie de “prototorpedos”) para hacer explosionar el puente. Llegaron a matar a 800 españoles, pero el puente ahí que siguió. Fue en Amberes donde se doctoró con matrícula cum laude en la guerra de asedios en escenarios de fragmentación política y sacó de quicio a ingleses y flamencos.

Tras desaprobar el intento de la Gran Armada en 1585, la corona española, que nunca confió en él plenamente, le llevó al servicio de la Liga Católica en el enfrentamiento entre cristianos y hugonotes en Francia, país en el que murió frustrado en 1592. Tras ello, España comenzó a perder paulatinamente lo que este tipo consiguió con sangre sudor y lágrimas y como premio, tampoco aparece en nuestros libros de texto.

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España (bueno sus dirigentes) ha sido y es muy desagradecida con sus mejores hombres, premiándoles con el desprecio y sacándoles de nuestra historia, tal vez es una prueba más de que la envidia es uno de nuestros pecados nacionales.
Como siempre, muy agradecido por lo que me enseñas.